Lucila Rosario Lastero

Escritora nacida en la provincia de Buenos Aires, en 1978 y radicada en Salta desde 1980.

Libro publicado:
* No habrá nunca una puerta (Primer Premio Literario Anual Secretaría de Cultura Provincia de Salta-2007)

Distinciones:
* Mención especial en el Certamen nacional de Cuento breve “Gastón Gori” de Santa Fe, 2006
* Cuarta mención en el Concurso “Rosalía de Castro” de Pellegrini, Buenos Aires, 2006
* Segundo Premio en el Concurso “Alfonsina Storni” de la SADE Seccional Marcos Juárez, Córdoba, 2007

No podía dejarlos vivos

Era pedazos de hombre. La mirada perdida, el ánimo mudo. Habían postergado la citación a declarar alegando que el implicado no estaba psicológicamente en condiciones de someterse a ningún interrogatorio. Sí recibiría la visita de los amigos.
Me senté frente suyo y le dejé decir lo que tuviera ganas. Le conté que me había enterado por los diarios. “Atroz crimen. Un hombre asesinó a su mujer embarazada de cinco meses.” Y más abajo su nombre, y el nombre de ella.
No le conté los otros detalles terribles que ya habían difundido los medios. No le conté que ya se sabía que la mayor parte de las puñaladas habían sido asestadas en la panza.
De pronto comenzó a hablar con un ritmo discontinuo, y como si las palabras se le hubieran enloquecido.
“No quise... juro que no quise...” repetía entre espasmos, “Pero no podía dejarlos vivos”.
Habían ido juntos al médico, para corroborar el embarazo. “Felicitaciones, es un hermoso niñito”. Con la panza aún embadurnada con el gel, ella había mirado a su esposo, buscando la reacción, pero la cara de ambos se habían vuelto extrañas de golpe. “¿Seguro, doctor?”. “Sí, y si no, qué es lo que se ve ahí...?. Ya tiene todos los miembros desarrollados”.
“No podía dejarlos vivos”, repitió masticando los gestos punzantes. Lo repetía y aquellas palabras eran el abecedario de su furia.
Conocí a Sergio y a Matilde en el colegio secundario. Después, en sus primeros tiempos de casados, iba muy seguido a visitarlos, sobre todo los domingos. Pero después comencé a preferir la compañía de mis congéneres solteros, compañeros de viajes, charlas y borracheras noctámbulas de las que Sergio y Matilde no podían participar.
Sergio fue elegido para formar parte del Seleccionado Argentino de Básquet. Entonces comenzaron sus viajes recurrentes, primero por semanas, luego por meses.
Él no daba abasto con las escenas de celos a Matilde. Tuve que intervenir con lo del cerrajero el día en que se fue a México con todas las copias de las llaves y dejó a Matilde encerrada. Luego supe lo del hospital, el día en que ella entró a la guardia con dos costillas rotas, por una supuesta caída, y Sergio recién llegado de Cuba después de un mes.
Ante los ojos de todos, eran una pareja perfecta. Pero los rumores de que Matilde se veía con otro hombre eran cada vez más fuertes. Sergio había llegado a irrumpir en la casa sin avisar, deseoso de sorprender a sus sospechadas víctimas. Había encontrado a Matilde sola y enfrascada en sus libros o en sus tareas domésticas.
“Ese hijo no era mío, no era mío....”, dijo estirando la angustia en la boca y en los dientes apretados.
Matilde embarazada de cinco meses. Las fechas de la concepción decían que el bebé había sido gestado a principios de mayo, justo la fecha en que Sergio estaba en Perú.
“Pero te juro que si lo llegaba a tener delante de mí a ese hijo de puta lo mataba también. Si lo llego a tener delante de mí algún día, lo mato, lo mato...”.
Miro a Sergio con lástima y después con repulsión. Extrañamente, la ferocidad de sus palabras no me dan miedo. Me despido de él intentando mantener la calma. Como para decir algo, le digo que todo va a estar bien.
Pienso que no quiero ver a nadie y me voy a casa. Saco del cajón de mi mesa de luz aquella llave de cinco dientes y la estrujo hasta casi lastimarme los dedos. Después, sé que Sergio volverá a tener visitas e iré a escucharlo hablar. Y que el recuerdo de Matilde y el bebé se perderá con el tiempo, como todo lo que queda del lado de la muerte.
Sé que de ella voy a olvidarme pronto. Pero me aturde pensar que por mucho tiempo deberé soportar ese otro dolor. El de no haber sabido si mi hijo hubiera tenido mis mismos ojos.

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