Fernanda Agüero

Narradora, poeta nacida en Salta

Libros publicados:
* Durante la lluvia.
* Ulises, el Otro.
* Antología Poesía Mujeres “Eva decidió seguir hablando”

Distinciones:
* Fundacion Avon en Cuentos
* Municipal de Salta Clara Saravia Linares de Arias
* Sociedad Argentina De Escritores
* Biblioteca Municipal de Arrecifes

Obsesion de los viernes

La figura del Sr. Arnés cruza la oficina que huele a polillas y a madera y se instala en su escritorio en donde dormitan bolígrafos y carpetas polvorientas.
Corre un mechón de cabello con la punta filosa de su lápiz y deja al descubierto sus ojos oblicuos que escudriñan minuciosamente cada sello estampado en las hojas, cada rúbrica azulina, cada ilegible signo que él convierte en imágenes significativas para luego codificar y almacenar, como amontona sus días que van pasando en ese cuarto de tonos terrosos y que él parece archivar en anaqueles sin tiempo.
Sus labios, finos como un trazo, murmuran códigos que solo parecen cobrar sentido en esa estrecha conexión que él ha establecido con sus papeles, con sus carpetas de tapas ajadas, con sus números infinitos que remarcan el paso del tiempo sobre el mundo rancio de la burocracia.
Las ventanas oscurecen paulatinamente con la caída de la tarde tornando más nubosa la oficina y el rostro serio del Sr. Arnés. Retiene entre sus dedos huesudos su lápiz de fina punta, mientras hojea con el último halo de luz el próximo expediente. Desea terminar con todo ese montón de información que ha llegado en las primeras horas de la tarde. Datos y números, siglas y fechas que conforman un entramado abstracto que solo él puede descifrar y que cada viernes, como una incomprensible obsesión, lo sumergen sin pausa en ese cumplimiento del deber y del orden que él lleva al límite de lo imaginable. Lo hizo durante años, desde su viejo escritorio que lleva su nombre y su cargo en letras doradas y que él exige cada viernes a la mujer de la limpieza frotar y frotar hasta que brille.
Es la hora de salida, el edificio va quedando vacío. Una a una se apagan las luces. Solo queda el Sr. Arnés perdido tras una nueva pila de carpetas y papeles alumbrados por la luz de la lámpara.
Finalmente, un silencio tranquilizador lo embarga. Como siempre, ha quedado solo en esa cadena de cuartuchos que lo aturden durante el día.
Detiene la absurda carrera de su lápiz sobre las hojas y mira su reloj. Casi las nueve de la noche. Se levanta lentamente y acomoda su mechón de cabello en el reflejo de la ventana. Vuelve a mirar el reloj, las agujas apenas se movieron. Aprieta la corbata alrededor de su cuello y toma con cierta ansiedad otra vez su lápiz. Garabatea los últimos expedientes cuando escucha unos pesados pasos en la escalera.

El corazón parece saltarle en el pecho, sus dedos se aferran con fuerza al lápiz y unas untuosas gotitas de sudor aparecen en su frente.
Los pasos avanzan con una densa lentitud hasta arribar a las primeras oficinas. El Sr. Arnés levanta apenas su vista y sonríe socarronamente cuando capta con sus ojillos minúsculos la inmensa figura de Simona, la mujer de la limpieza, que arrastra con desgano el carro lleno de escobas, trapos y líquidos desodorantes.
Ella comienza a repasar y a limpiar las oficinas, sacude las cortinas, corre los muebles y finalmente rocía los ambientes con el desodorante de lavanda. El Sr. Arnés simula estar muy concentrado en sus carpetas, pero no pierde de vista los movimientos de Simona. Garabatea algunas incongruencias en un papel cualquiera, mezcla sin querer los expedientes nuevos con los de ayer. Parece no importarle cuando recuerda que por fin es viernes y ella está allí, con sus piernas regordetas desplazándose por la alfombra, moviendo los trapos y los plumeros con cierta gracia.
Simona está a escasos pasos de su oficina y él escucha como va y viene el trapo sobre los armarios y como jadea su pecho bajo el guardapolvo azul. El Sr. Arnés aprieta entre sus manos los dos últimos expedientes, solo falta colocar los sellos y archivar. Busca presuroso la almohadilla con tinta roja y termina por fin la tarea de los viernes
Simona pisa con fuerza la alfombra que está en la puerta y de un manotón introduce el carro con las escobas. El Sr. Arnés acaba de colocar los expedientes en el anaquel de archivo, sin despegarse del lápiz que quedó atrapado en el sudor de su mano. Ella masculla un saludo trivial y él sonríe con sus labios finos.
Los ojos del Sr. Arnés parecen haberse agrandado. Desde su escritorio la observa con una atención desmedida, apretando la punta del lápiz sobre el cuaderno de salidas hasta que el grafito se parte y se desgrana en pequeñas partículas oscuras.
Simona termina de sacudir las cortinas y se dirige impávida hasta el escritorio, rodea con su cuerpo macizo el mueble y asienta su pecho sobre la agenda de cuero del Sr. Arnés mientras estira sus brazos para quitar bien el polvo. El tiene frente a sus ojos los enormes pechos de la mujer que se sacuden con cada envión que ella hace y parecen más voluptuosos desde las profundidades del guardapolvo.
Permanece inmóvil, sólo sus pupilas se mueven y brillan con cada gesto que Simona realiza como si estuviera sola. Ella se dirige ahora hasta el anaquel de archivos, justo al lado del Sr. Arnés. Trepa a un banquito y se estira con el plumero para quitar el polvo de los expedientes más viejos.
El gira su cabeza y observa las piernas de la mujer y con un impulso irrefrenable estira su mano y toca suavemente su piel mientras sus ojos se cierran por un segundo. Ella no dice nada y desciende para limpiar los anaqueles más bajos, doblando todo su cuerpo.
El Sr. Arnés está agitado. Retuerce sus manos sobre el escritorio sin poder sacar la vista de aquella mujer que se mueve con la lentitud de una oruga gigante y blanda y que se convierte en una inmensa odalisca azul sobre las fantasías secretas del Sr. Arnés.
Siente que todos sus caudales harán eclosión, que su sangre se ha convertido en un río salvaje, que sus manos desean aferrarse a ese cuerpo enorme para acariciar con los dedos crispados aquel vasto territorio de músculos redondos y prominentes.
Aturdido, levanta intempestivamente el guardapolvo azul de Simona y se pega como un molusco al cuerpo tibio que huele a lavanda.
Ella por fin detiene su tarea, tira el trapo de limpieza y se entrega silenciosa, sin mirarlo, como todos los viernes, aferrada con indiferencia a los anaqueles de archivo.

El Sr. Arnés libera su espera y su caudal más íntimo sobre la mujer, apresándola con desesperación, con una conmoción que nada tiene que ver con su aspecto aburrido y parco de los otros días; luego queda adormilado como un niño sobre la mullida espalda de Simona hasta que ella empieza a enderezarse suavemente, marcándole sutilmente el paso del tiempo y el final de la jornada.
Abre los ojos como si saliera de un largo sueño y vuelve a su silla, se despereza, acomoda su ropa y toma otra vez su lápiz, ahora sin punta.
Simona frota con ahínco las letras doradas mientras recuerda que por suerte es viernes. El señor Arnés la saluda y se aleja silbando canciones que solo él conoce mientras piensa, más relajado, que el viernes sin duda, es el día de más trabajo.-

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