Lilí Muñoz

Nació en Victoria, Entre Ríos, el 12 de abril de 1949.
Vive en la ciudad de Neuquén,Patagonia Argentina.

Libros publicados
* Cueva de la Barda y otros relatos, 1997
* Clara de Huevo, 2001
* Pupilas del desierto, 2003
* Luna de agua, minificciones, 2009
* Catedral de Pinares, 1999
* Puro limón y azúcar, 2006
* Decires de cobreazul, (coautoría) 1990
* Aproximaciones a la Literatura del Neuquén: escritura de arraigo y trashumancia, 2001
* Mitos y leyendas de la comarca: ¿hijos de un dios menor?, 2004
* Formas del discurso, 2004
* Formas del Discurso. De la teoría de los signos a las prácticas comunicativas, (coautoría), 2008
* De vino, mujeres y poesía, (coautoría), 2001
* El Gigante Amapolas, de J.B.Alberdi, (coautoría) 2005
* Pasto Verde, 2007
* De espaldas, I, II, III, 2008
* ¿Y después…? (coautoría), 2009

Teresa a la intemperie

Teresa salió a la intemperie, sin patota, sin marido, sin sus niños. Decidió averiguar de qué se trataba el piquete. Los fogones con gomas, ramas y piedras se encontraban a pocas cuadras de su barrio, cerca del zanjón que quiebra la meseta. Los fogoneros aguantaban desde hacía unos días. Los fuegos del otoño recordaban otros fogones, los de la niñez, los de la noche de San Juan con muñecos quemados en medio del invierno, mientras el pueblo mapuche recibía el año nuevo en el solsticio de invierno. La gente de la tierra rogaba porque el año daba su vuelta. La fogata atraía a Teresa entonces y también ahora. Se festejaba el retorno de los días que comenzarían a ser más largos, el sol estaría, de a poquito, más tiempo con nosotros, se iría alargando “un tranco de pollo” cada jornada a partir de esa noche, la del 24 de junio, decían los mayores. Teresa recordaba esas fogatas y tal vez por ello eligió su incorporación a la intemperie. Por su niñez de precariedad en el desierto surero, por sus ilusiones aún intactas pese a sus veinte años de madurez , cumplidos ya, no obstante su escasez en años, todos los roles con que la sociedad la había signado: ser pobre, hija, madre, mujer con marido (es una forma de decir), mujer que trabaja dentro y fuera de su casa (en negro, claro). Todos se habían ido cumpliendo, menos los que sus sueños jóvenes guardaban entre las telas de su corazón, los roles suyos, los de sus horizontes y búsquedas, aunque no los tuviera señalados.
Salió a la intemperie, sola con su cuerpo y su soñar al viento en el otoño de los fogones y fogoneros, en un pueblo al sur que se negaba a convertirse en otro fantasma, en otro pueblo dejado de la mano del petróleo, ya vaciadas sus entrañas por extraños.
Avisó a su patrona y salió. Cuidaba su trabajo. Aunque pagada en negro, como la casi totalidad de quienes trabajan como domésticas, era lo único que tenía para ayudar a vivir a sus hijos. Apenas niños. No deberían trabajar.
El fogón la recibió. Las máscaras, los pasamontañas cubriendo la cabeza de muchos, los reflejos de las llamas, el calor de todos, las consignas cantadas en medio del frío de abril, en un otoño que ya marcaba invierno, mostraban un escenario nuevo, una escena que llamaba su juventud. Teresa se quedó. Escuchó. Escuchó más. Y mucho más. Fue entendiendo. No le fue difícil. Uno de sus sueños ocultos se estaba despertando, se desperezaba, ordenaba ideas y músculos, alumbraba de a poco, como el largor del día que en cada junio poco a poco volvía a desenredar el invierno.
Cuando vinieron a sacarlos de allí, de la ruta, del lugar que Teresa había elegido con las fogoneras, no dudó. Se quedaría. Acompañaría la vida. Defendería los fogones. Sus fogones. Fue ella y fue los otros y las otras en los fogones. Estuvo alrededor del fuego. Estuvo en los piquetes de cantos y consignas. También cargaron piedras. En el desierto siempre abundan las piedras. Tienen alma. En el país del truptu, en el país azul, las piedras tienen almas. Entonces corrió. Cuando hubo que correr, corrió. Comenzaban a tirar. Bien cubiertos, con cascos y escudos. Enmascarados también ellos, los que tiraban. Alguien dijo que eran balas de goma. El humo de los gases ayudaba a desdibujarse, se mezclaban humo, máscaras y sonidos. Ella corrió, corrió hacia las calles del pueblo, hacia Plaza Huincul. Sintió que sus pulmones se cerraban, que no podía seguir y cayó. Algo le había pegado desde atrás. Después fue ya paloma, con su destino azul en cordillera, en sábado de abril, medialuna al poniente.

El colectivo, un catafalco cegado por la niebla.
El piquete de desocupados se sostiene más allá, después de la curva de Challacó.
Mi última visión de pasajera fue el ala del ñamcu cruzándonos hacia la izquierda, la cabellera de ella fogoneando el viento y sus brazos morenos por entre el blanco de la túnica raída. Protegían algo, tal vez el kepi, la manta curva cruzada sobre el pecho.
Las ruedas chirriaron. Adiviné, más que oí, el llanto de un bebé.
Al amanecer, alguien había hecho que la tempestad se disipara.

Yo seguía recorriendo la ruta. El alba no lograba diluirme.

© Lilí Muñoz

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