Silvia Rodríguez

Escritora, investigadora y trabajadora social nacida en Buenos Aires, hace veinticinco años que vive en El Bolsón, provincia de Río Negro.


Libros publicados:
* Paisajes mágicos (1997)
* Aguante El Bolsón (2006)

Antologías:
* Poesía Río Negro (2007)

El desconocido

Cuando entré al camarote el hombre ya dormía. Había elegido la mejor cucheta y no me agradó pensar en que debería trepar la escalera para llegar a mi cama. El hombre suspiró a medias y de inmediato supe que yo era un desconocido para él. Dormía inquieto a causa de esto y la culpa me invadió. Siempre quise ser familiar y cortés, aquello de compartir una habitación en la noche con alguien desconfiado e inquieto no me facilitaría el viaje.
Dejé mi equipaje junto a la mesa y miré por la ventanilla. La oscuridad corría ligera e indefinida. Sentí que el tren sería algo maravilloso para esos seres que quedaban atrás a cada instante. Algo parecido a una estrella fugaz y quizá pedirían deseos a nuestro paso. Deseos como los de todos los hombres, como los de este hombre, para el cual yo era un desconocido.
Quise mirar la noche, la luz del universo parecía no existir, el negro era disonante. Pronto, contra un fondo tan lúgubre fue mi imagen quien se impuso en el cristal. La mía y la de mi acompañante fortuito. Lo vi temblar entre las sábanas y supe que tenía sus conjeturas sobre mí. Cada día de su vida había construido esta hipótesis respecto de algún eventual compañero de camarote, finalmente yo.
Y sentí algo de temor, no era bueno ser un advenedizo y busqué evitarlo. Debía salir, era una mínima habitación y el toilette quedaba a dos puertas.
Caminé el pasillo angostísimo junto a una larga continuidad de vidrios… Permiso, dijo el guarda mientras pasaba corriendo las cortinas para hacernos ignorar la noche. Que duerma bien agregó ¿No va a cenar? Ya iré. No se deje estar, mire que el comedor cierra hoy temprano.
Hoy, justo hoy, pensé, hoy que soy apenas el desconocido. Y sentí también algo de pena por mi contraparte en la habitación, quien quizá no habría comido.
El baño seguía ocupado, de todos modos nada era urgente. Descorrí apenas la cortina y el paisaje no me atrajo, era sólo negro y velocidad sin sentido. Entré al compartimiento. Él seguía tranquilo, de espaldas. Me esforcé en detectar su respiración. Sí, la espalda iba y venía a su compás, también lo movía el tren, dos movimientos simpáticos, rítmicos, ninguno a su antojo… Me volví a la ventanilla, un pequeño pueblo lejano, sus luces parpadeantes me llevaron allí. Apoyé mi brazo contra el cristal y sobre aquel mi frente, la dulce vibración de las vías me adormecía. Acostumbré mis ojos a la penumbra y distinguí pájaros dormidos, hierbas al son del viento, cómo sería su color de día… No supe del tiempo. Me volví de pronto, azorado, temeroso, el durmiente me había hablado. Qué hace ahí, no sabe que yo quiero estar solo, qué hace ahí, le digo. Me acerqué a la cucheta. No, no puede ser me dije, duerme, respira, suavemente respira, casi hibernando, tan suave que envidié su compás entregado a la noche.
Retorné al pasillo, cerrando con control la puerta. Me apoyé contra las cortinas que había clausurado el guarda. “…El cambio climático, el fin del petróleo, todo lo que usted quiere saber sobre el futuro del planeta, mañana en Gerona. Primer Congreso Europeo de Globalización y…” En algún camarote, alguien que escuchaba la radio se preocupaba también por mí, por mi futuro. Ni yo sabía de ese futuro, sí sabía de mi ignotez, del cuantum de desprecio que mi acompañante sentía por este desconocido, detestable, inseguro.
Recordé las palabras del guarda sobre el horario de comedor. Entré abrupto al camarote y abrí mi bolso. Necesitaba de un espejo, pero aquí casi sin luz… Me quite el saco, la corbata, pantalones, todo de Vega. Vega, sí; había sido la sastrería más importante de Buenos Aires. Cómodo, suave el casimir, su color, su textura, la caída de la tela hubiese hecho feliz a cualquier hombre. Me había recomendado el conserje del hotel. El Hotel, también cómodo, luminoso. No como este camarote donde nadie podría maquillarse bien. Me vestí. Las medias de seda ajustaron mis genitales, la trusa además, más apretada aún. El vestido de jersey gris. Pasé la mano derecha sobre mi rostro. Estaba suave como el casimir, más. Al fin de cuentas ser mestizo no era demasiado malo, sin barba, “lampiño” me decía siempre mi madre. “La gallega” la llamaban en el barrio y ella protestó hasta el último día. Andaluza, oye que esos trabajan, yo andaluza, gitana, entiendes?... Eres lampiño, hijo. Y yo creía que eso era sinónimo de sucio o de repugnante, tal vez.
Pasé mis manos sobre la falda, la alisé, era tan suave como el casimir, como mi rostro, pero mejor, era sensual. Tomé la peluca y cubrí mi corto cabello. Era el momento más esperado, polvo de estrellas, el lápiz se deslizó sobre mis ojos, pastosa la gracia del labial, crema de manos, peine lento hasta las puntas de la larga cabellera. No olvidé la pulsera y los aretes de cristal de mi abuela. Cerré el bolso y sobre los altos tacones caminé hasta el comedor. Los ojos más verdes de la noche se fijaron en mí. No sentía hambre. Él alzó el rojo cristal, invitando. Me senté en su mesa. ¿Puedo? Eso no está en discusión, era lo que estaba esperando, respondió. Es demasiado aburrida esta cena italiana. Nunca me gustaron los fetucchini. ¡En cambio a mí me encantan! Dije casi cantando, con mi melodiosa voz de copa recién soplada. Mozo, waiter, susurró. Al instante un plato humeante estaba frente a mí. Todos se veían apurados, era tarde. Yo también, él acariciaba mis pies bajo el blanco mantel.
Caminamos embotados por el pasillo, me arrojó contra la puerta de su camarote y me besó con pasión. Yo estaba ciega, sólo me preocupaba mi acompañante dormido, solitario en el compartimiento, más allá. Estaría pensando en mí, quizá revisando mi portacosméticos, probando mi ropa interior, mis pantalones, mis enaguas, aprovechándose de mi ausencia.
Abrió la puerta y me arrojó sobre la cama. No sentí más que en otros viajes. Él pareció delirar entre mis húmedas partes ofrecidas, secretas y jóvenes, desconocidas.
Tres horas después, lo abandoné dormido, quieto. Tenía más suerte que yo, estaba solo en el camarote. Roncaba a placer. Desde el pasillo seguían oyéndose sus estertores. Se erizó mi nuca, ahora debería enfrentar al durmiente. No pude abrir la puerta, temblé. Nada se oía dentro.
De puntillas, él dormía, me cambié, no faltarían más de dos horas para llegar, ya se sucedían los andenes de carteles ilegibles e ignotos, al igual que yo mismo para ese hombre dormido.
Miré mi reflejo de corbata y suave casimir en la ventanilla. La madrugada quedaba atrás. Pronto el horizonte se vería algo blanco, rosado quizá. Me volví con pánico. Qué haces allí mirándote, puto de mierda, sé todo sobre ti. Creías que te la ibas a sacar tan fácil. Me acerqué, él seguía de espaldas. Me acerqué más, respiraba apacible. Cómo habría podido hablar entre esa respiración acompasada, casi de niño.
Recordé a mi mujer. Estaría en el andén, sonrisa de Kenzo y Revlon. La detesté por ello. No podía arriesgarme. Tomé la almohada sin uso de la cucheta superior y apreté el rostro del hombre. Eres un desconocido, oí entre los manotazos que neutralicé con mi propio cuerpo. El casimir era suave aunque siempre preferí el vestido de jersey. Pronto reinó la paz. Ni siquiera el aleteo de su respiración. No llegué a ver su rostro. Extendí mi traje con las manos, acomodé la corbata. El bolso estaba listo. Abrí la puerta. Todos dormían.
El tren se detuvo en la siguiente estación. Sólo yo descendí. En la esquina, junto al puesto de periódicos y revistas, mi mujer agitaba su pequeña mano. Pude olerla a casi diez metros; con desdén y repulsión. Caminé por el andén, lento, justo cuando el tren retomaba la marcha. A un lado, un trabajador arrojaba al tacho una rata muerta. Evité mirarla por no pensar en todas las que el tren arrollaría a su paso.

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