Raúl Eduardo Novau

Cuentista, novelista, guionista y dramaturgo, nacido en Sauce, Corrientes, en 1945. Reside en Posadas, provincia de Misiones

Libros publicados:
* Cuentos Culpables (Ed. SADEM, 1985)
* La espera bajo los naranjos en flor (Cuentos, Ed. SADEM, 1986)
* Loba en Tobuna (Novela, Ed. Provincia de Misiones, 1991. Reedición Ministerio de Educación de la Pcia. de Misiones, 2005)
* Diadema de Metacarpos (Novela, Ed. Universitaria, UNAM, 1993)
* Cuentos Animalarios (Ed. Instituto Prov. Lotería y Casinos, Misiones, 2000)
* Cuentos breves (Ed. Concejo Federal Inversiones, Buenos Aires, 2006)
* Liberia (Novela, Ed. del autor, Posadas, 2009)

Amarga mandrágora

Se entretuvo mirando de soslayo el herrumbroso alambrado invadido en tramos por el malezal. Del otro lado una cohorte compacta del yerbal vecino se perdía en la lomada. Eran sus malezas nacidas y criadas sin límites en su chacra las que avanzaban prepotentes a cada jornada. Porque era diaria la extensión del yuyal: a los cuatro vientos menos al sur donde cursaba un arroyo. Y cuanto más se detenía en mirar se le ocurría que las espinosas hojas se alargaban, las ásperas flores sin aromas se reproducían espontáneas como bordadas en silvestres bastidores y zarzas y mimosas trepaban las últimas vallas de alambrada. Ella misma estática en medio de esa orfandad de árboles, el sol batiéndole el ajado pañolón a la cabeza y las orlas del batón campaneando la maraña, semejaba un mástil de una nave jaspeada de ocres y parduscas rastreras.
De nada le servía el machete: cuanto más tronzaba y cortaba al otro día todo reverdecía en nuevos y numerosos brotes. Avanzó hacia el caído alambrado palpando con la punta del machete el yuquerizal a cada paso, explorando la conveniencia de tronchar los apéndices usurpadores que netamente se intrincaban en el lozano terreno aledaño. Eran múltiples hasta donde se perdía la vista. Tendría que abdicar. Reconocer ante el chacrero lindante que se daba por vencida. Remiró las enhiestas plantas de yerba en ringleras encolumnadas y las calleras desbrozadas del amplio predio vecino. Idénticas serían si hubiera vivido su compañero. Tendría que haber abdicado. Pero no, se decía. Si Dios puso la tierra para labrar, el agua del arroyo para beber y la Biblia para leer ¿qué otra cosa necesitaría una mujer como yo?
A pesar de su nombre, Amarga López -mal anotado por indolencia y comodidad de los escribientes de turno pues su madre vivió repitiendo que era Amada el elegido- al principio una total antinomia pues era alegre y dicharachera luego volcada tras el pasaje de miserias a una paulatina correspondencia con el nombre original.
Resistía Amarga en aquella solana de matorrales y troncos ennegrecidos –testigos de quemantes rozados pasados- y su rancho de tablones en pilotes y pequeña galería adornada de viejas latas como tiestos de flores. Del bajo chiquero y el antiguo galpón de secanzas del tabaco quedaban esqueletos de maderos carcomidos y algunas desperdigadas perchas del gallinero. Aún persistía el galponcito, levantado por Pablo su marido, destinado a Kare la lechera que, tras una cuantiosa producción, también murió. Pero Amarga aprovechó para el único ser que compartía con ella la aposentada soledad: el buey Barcino. Barcino era el rey en su desolada comarca. Si bien no daba leche, rumiaba con una meticulosidad extrema que ni con tormentas interrumpía, bosteaba solamente en el reducido cobertizo cosa que Amarga bendecía pues no necesitaba desplazarse para recoger el abono para la huerta. Además, Barcino se las ingeniaba para rebuscarse en la enmarañada capuera donde su mole estatuaria progresaba comiendo y mutilando lo que el malezal reponía en el día. Ella especuló con el deslinde del desbroce en la línea vecinal, cabeceando y su ronca voz resonó quizás por sinusitis crónicas o por frases sumergidas en cavilosas soledades que emergen corporizadas y vitales de golpe diciendo:
-No tengo más sal.
Restaba en la bolsa un cuarto de sal necesario para Barcino y para la casa. Pues Amarga contenía el avance de las hierbas haciendo un círculo blanco de sal alrededor. Santo remedio. Era como una empalizada invisible: ni hierbajos ni alimañas ni víboras. Nada. Eso sí. Se cuidaba que Barcino lamiera solamente el terrón salino que estaba en el galponcito. Incluso para el vecino fue un límite inconsciente que no osó traspasar cuando visitó a Amarga insistiendo en la compra del lote. Dialogaron línea blanca de por medio sin resultados. Ella era mujer de monte, toda su vida convivió con el monte y un cambio a su edad era sencillamente la muerte, dijo en cavernoso tono. Mientras el alambrado estuviera limpio –y ella prometía que lo mantendría así- el vecino no tendría que preocuparse con tamaña zoncera. De eso daba fe. No se responsabilizaba en cambio de los bichos que pudieran cruzar porque los animalitos de Dios no conocen fronteras. Tampoco el buey estaba en venta. Él pertenecía al terruño como ella sin memoria tal cual es ahora: grande, capado y somnoliento. Desprenderse del animal sería hasta inhumano ya que era parte indisoluble de su vida. Era ella misma transformada en cuadrúpedo: juntos aprovechaban las raíces fibrosas, él las maceraba en la panza y ella en el mortero, bebían la fresca agua del arroyo y se daban calor mutuo en invierno arrebujada ella contra el cuerpo de Barcino en el cobertizo. Le falta hablar, decía.
Amarga estaba sin fuerzas para el machete o la esteva del arado amén de ser vegetariana forzada salvo cuando pescaba mojarras o caracoles en la corriente, liquidadas las pocas alhajas y vendidas por chirolas algunas chapas del desmelenado techo, se hallaba en la encrucijada de aguantar para que el yerbatero conociera el temple de una pionera o vender la chacra asegurándose la vejez.
Amanecía cavilando hamacándose en el sillón de la galería, entrampada en su círculo de sal, presta a los menores ruidos que indicaran el pataleo de perdices o cuises en las trampas puestas en los matorrales, mirando su harto conocido solar en busca de algo nuevo con la salida del sol. Pero nada acontecía. Para más la opción de venta se había cancelado por parte del vecino quien después de aquella visita desistió aduciendo que la tierra salobre era inadecuada: usted mató la tierra, expresó a una Amarga animosa de que al fin terminara el acoso.
Aún le restaban opciones: arrendaría a Barcino o lo mataría. Alquilarlo sería lo mismo que matarlo en vida, una muerte lenta e inmerecida después de años de sacrificios. Quedaba sacrificarle y vender la carne, el cuero, los cálculos de la hiel, las pezuñas y las astas. Rifar además los años uncidos al yugo, las babas sobre los surcos, los volumétricos abonos de bostas, el calor dispensado y el martirio de canículas hirvientes. No, no tendría corazón para semejante crimen.
En esas mentas andaba cuando la descubrió. Pequeña apenas distinguida en un oscuro rincón del cobertizo. Extraña a medida que crecía por la espigada formatura del tallo y hojas, firme quizás por una gran raíz de sustento y los pedúnculos de futuras flores en potencia. Todos los días apenas alboraba Amarga corroboraba el rápido crecimiento de aquella plantita que se avizoraba superior a todas las conocidas. Y con dedicación exclusiva –por otra parte no tenía otra tarea- acarreaba trabajosamente el agua desde el arroyo. En incontables viajes Amarga recorría el senderillo entre la tosca vegetación. Se las ingenió para obturar con un emplasto de zarzaparrillas los orificios del agujereado balde. Porque el vegetal requería al parecer mucho líquido: al punto que terminaba de regar la tierra era un secano alrededor. Y cuanto más progresaba más era la demanda de agua. El sendero al arroyo se hizo nítido en la espesura. Al cabo de semanas la planta echaba ramajes laterales, entonces Amarga recurrió a Barcino pues era un solo balde y sentía el cansancio en los huesos. Bamboleante el buey trazaba su pertinaz parsimonia en un letánico vaivén del cauce a la nueva inquilina. Los frutos carnosos eran de un intenso morado y las flores nacaradas ribeteadas de púrpura en cálices verdolagas. Pero sería una decepción para Amarga que esperaba el néctar de una planta sugestiva y principesca: al partir los frutos eran fétidos, apestosos, rancios. Tremenda desilusión para ella. Si no le hubiera costado tanto la tenaz labor del acarreo del agua quizás hubiera morigerado su frustración. En su iracundia cortó las repugnantes manzanitas moradas y los gajos de flores inodoras y las arrojó al malezal.
Al otro día había claros enormes en el predio. Por donde Amarga revoleó los frutos surgieron ojos gigantescos que descubrían un oscuro suelo. Lamparones negruscos horadaron la breña contagiándose y afloraron en mayores calveros. Amarga investigaba machete en mano la lenta agonía del capueral: negras eran las enrevesadas ramas y raíces mixturadas con mariposillas de los pantanos, lagartijas y alacranes, muertos oscuros en un gran caldero que rezumaba charcos pestilentes y lentamente se evaporaban. A los pocos días la chacra era una lóbrega y sombría alfombra gris, desprendiendo humos que permanecían sin elevarse al ras semejando un mullido tapiz e irradiando calor de una intensa combustión. Barcino rumiaba inexorable su última ingesta, mirando alternativamente la destartalada casa y el parche negro de la otrora chacra, intentando retomar su habitual recorrido al arroyo sin conseguir trasponer más de un metro del calcinado terreno. A la noche procuró regurgitar algo de verde sin conseguirlo y al amanecer atropelló el estropeado portón por una cuestión de fuerza bruta en pos del verde barranco entrevisto y se perdió.
Amarga se hamacaba en el sillón observando al fin la muerte del malezal. Por si Barcino quisiera regresar no tocó el desportillado portón. Mientras tanto tenía las amargas pero reconfortantes hojas de su dormidera. Porque después de la infusión se adormecía balanceándose Que le viniera el gringo a decir ahora que una anciana sola en medio del monte no puede defenderse y hacer las labores de los hombres más rudos. Ahí tiene: ayer había un zarzal y un verdadero ejército de alimañas y hoy no existen. Y que no le pidiera la fórmula porque era de su exclusiva competencia. Bien a cuidado estaban las bifurcadas raíces de la milagrosa que estragó en un santiamén su problema. Trasplantó la mandrágora al desértico huerto y ahí la mantendría para que la auxilie en cuanto alguna maleza se le ocurra nacer. La huerta fue a pique pero ella estaba triunfante y esperaba la visita del gringo. Entonces le diría:
-Ahí tiene. La tierra pelada. Ya no pasará la suciera.
Esperaría. Hamacándose en la galería. Esperaría.

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