Mariano Quirós

Nació en Resistencia, provincia del Chaco, el 21 de agosto de 1979. Escritor y comunicador social, es responsable del contenido de la revista de cultura Cuna, y de su página Web.

Antologías:
* Unos cuantos cuentan cuentos (Ed. Cospel)
* Chaque tu lengua (Eloísa Cartonera)
* Ficcionario (narradores y poetas chaqueños)
* Nuevos Narradores (Ed. Ctro. Cultural Ricardo Rojas, Bs. As.)

Libros compartidos:
* Cuatro perras noches (cuentos, 2008)
Ganó el Premio Bienal Federal 2008 con su novela Robles.

Luisa

Todos atravesamos momentos difíciles o épocas malas. Etapas que nos cuesta clasificar y a las que preferimos ubicar en algún lugar marginal de la memoria, pues su sola mención nos hace ver como seres miserables, ajenos a todo tipo de civilidad. Al menos a mí me sucede con frecuencia.
No hace mucho se me dio por perseguir a escritores y poetas de renombre. Una vez que descubría dónde vivía este o aquel, lo que no era para nada difícil, me armaba una rutina muy simple, que consistía en hacer guardia frente a su puerta hasta que por fin salía, rumbo al trabajo o a dar un paseo o a casa de algún pariente. No importaba dónde, yo estaba siempre ahí. Por lo general mi interés en cada uno de ellos se terminaba cuando comenzaban a dar indicios de vulgaridad, a mostrar que sus vidas eran, incluso, más ordinarias que la mía.
Con Manuel Gala sucedió de otro modo: el escritor dobló en una esquina y cuando yo doblé, un minuto después, se me abalanzó como un animal salvaje. Apenas me lo pude quitar de encima vi su rostro desencajado, lleno de odio y miedo, y comprendí que el pobre hombre nunca en la vida había peleado, porque mientras gritaba y preguntaba por qué me seguís, por qué me seguís hijo de puta, dejó un claro perfecto, una guardia terriblemente defectuosa, y no tuve que esforzarme mucho para aplicarle dos certeros puñetazos que le hicieron ver que conmigo no podría. Lo dejé tendido en la vereda y nunca más lo volví a ver.
Otras veces desistía porque el poeta o escritor en cuestión jamás salía de su casa, lo que conspiraba contra mis intenciones que, de más está decirlo, yo no tenía para nada claras. En cierta ocasión pasé tres días con sus noches agazapado frente a la casa de Arturo Roca, un joven poeta que acababa de publicar su primer poemario y a quien todos en Resistencia rendían pleitesía. Su breve obra, desde luego, había logrado obnubilarme, pero descubrir que Roca era un ermitaño me deprimió y decidí alejarme de él.
Algo similar había comenzado a ocurrirme con Lucas Viel. Había leído tres libros suyos: dos poemarios rebosantes de originalidad y cargados de un cinismo inédito en la poesía de la ciudad. Un cinismo extrañamente esperanzador, elegante y a la vez emotivo, cualidades que muy rara vez confluyen en la poesía. El tercer libro suyo que leí era una novelita que no valía nada puesta a competir con los poemas. Su argumento, loco ahora que lo pienso, era más o menos el siguiente: dos amigos que se conocen desde hace muchos años deciden que la vida que llevan es un desastre y arman valijas, dejan mujeres e hijos, y emprenden un viaje sin retorno alrededor de la Argentina. Hasta ahí bastante convencional. Pero todo se desmadra cuando después de atravesar por unas cuantas peripecias de lo más previsibles, los amigos acaban trabajando como prostitutas en un cabaret de Puerto Madryn. No quiero decir que se tratara de una novela defectuosa ni mucho menos; el asunto es que allí Lucas Viel pretendía ser más ingenioso que creativo. Digamos, sucedía aquello que suele ocurrirles a muchos periodistas cuando se lanzan a la literatura: algo los delata. Pero Lucas Viel no era periodista. Era un escritor con una novela desafortunada, no hay mucho más que decir al respecto. Miento. Sí hay. El problema con la novela de Lucas Viel era su trama enrevesada, los personajes que nunca terminaban de definir su carácter, de a ratos quien se comportaba como un miserable pasaba a ser un héroe, quien sufría como una rata olvidaba su angustia a los pocos párrafos, y así una y otra vez. Quizás alguien pueda leerlo como una virtud, pero para mí no era más que un problema que Lucas Viel debería apresurarse a corregir.
Ya había pasado un día entero frente a su casa cuando vi salir a su mujer: mucho más joven que él, que estaba a punto de llegar a los cincuenta, y no mucho mayor que yo, que apenas asomaba a los treinta. Dudé un par de segundos pero al cabo de un momento me descubrí tras sus pasos. La mujer caminaba a paso lento pero no por eso despreocupado; iba en una especie de trance, y supuse que podría estar drogada o algo por el estilo. Pero no. Iba escuchando música, y su cabeza, sus hombros y de a ratos sus caderas, se contoneaban al ritmo de alguna canción. A partir de entonces, y ya que Lucas Viel sólo me ofrecía inconvenientes, me dediqué a seguir a su mujer.
No era, la de ella, una rutina demasiado asombrosa: por la mañana daba clases de Historia en cuatro cursos del Colegio Nacional; a veces, los días martes y jueves, entre una clase y otra le quedaban cuarenta minutos que dedicaba a fumar todo lo que se le prohibía fumar en las aulas y a corregir los trabajos de sus alumnos, que apilaba prolijamente sobre un banquito. Rara vez cruzaba palabra con otros profesores y supe, no mucho tiempo después, que el problema era la diferencia de edad: en el Colegio Nacional casi no había por entonces profesores menores de sesenta años y a ella le costaba terrible esfuerzo comunicarse con las generaciones mayores. Y lo mismo le ocurría con sus alumnos, adolescentes en estado de salvajismo y ebullición permanente. Es más fuerte que yo, solía decir, me bloqueo con facilidad. De cualquier modo y pese a su bloqueo, había forjado una relación de aparente estabilidad junto a Lucas Viel, un hombre bastante mayor que ella, y no parecía haber allí ningún problema demasiado grave.
A la salida del colegio, si estaba de ánimo o con simples deseos de estar sola, enfilaba hacia la única librería que existía por aquella época en Resistencia y hurgaba incansablemente los anaqueles, en busca de poesía o de libros de estudio con los que más tarde abrumaría a sus alumnos. Otras veces elegía sentarse en un café del centro, y con un jugo de naranja enfrente se dedicaba a escrutar el vacío. Si me preguntan ahora no diría que se tratara de una mujer bella. Ni siquiera atractiva. Tenía un lunar muy pegado a la boca, y el día en que me imaginé besándola no pude evitar imaginarme que besaba también ese lunar, y al mover mi imaginación un tanto más allá, llegué a sentir su aspereza y un fuerte escalofrío me trepó desde las piernas hasta el estómago, y tuve que sacudir la cabeza para quitarme de encima la imagen de aquella boca y de aquel lunar. Sin embargo, su actitud lánguida y distante hacía que uno se enamorara fácilmente. Se llamaba Luisa y si por aquel entonces alguien se hubiese atrevido a preguntar, ella hubiera dicho que su vida era una desgracia.
Más tarde me enteraría que antes de conocer a Lucas Viel, Luisa escribía con frecuencia. Resistencia es, por sobre todo, una ciudad paridora de poetas, buenos, malos y malísimos, y ella, a la hora de escribir, no escapaba a la regla. Era poetisa y, de entre los tres grupos señalados, cabía perfectamente en el último. Cuando tuve oportunidad de leer uno de los largos y absurdos poemas que conformaban su afortunadamente escasa obra, no pude más que bendecir la aparición de Lucas Viel en su vida y la inhibición que los hombres arrogantes suelen provocar en las mujeres débiles. De otro modo, pensé, podría haber publicado. Hasta podría haber alcanzado algún tipo de éxito. Ahora escribía sólo cuando la asaltaba una cierta valentía o el deseo, y estas son sus palabras, de hacer a un lado su pobre vida. Ya no la movía la ilusión de ser leída ni siquiera por sus amigos, por los pocos amigos que tenía. Usaba la poesía como medio para no estallar, como simple contención, una actitud repudiable desde todo punto de vista, pues a quién puede interesarle una literatura reaccionaria. Porque Luisa, y me atrevo a creer que era este su principal problema, tampoco estallaba desde sus poemas.
Pero a mí eso no me importaba demasiado. Iba tras sus pasos como perro callejero, y las veces que no tuve dinero para entrar al café donde ella dejaba correr el tiempo, aguardé en la vereda, recostado en la pared y observando el tránsito de una ciudad que se expandía como un hongo nuclear y que amenazaba con devorarse a sí misma.
Después era la historia de siempre. Luisa dejaba el café y daba inicio a su andar bamboleante, con el walkman clavado en la sien y su cara de tristeza infinita. Detrás iba yo, cada vez más arriesgado, cada vez más cerca, pisándole, como suele decirse, los talones.
Alguna vez hablé con sus alumnos del Nacional. Ninguno tenía mucho que decir al respecto. Se mostraban por completo ajenos al estado de ánimo de su profesora, y sus clases, decían, eran la caída a un abismo del que no había retorno posible. Quizás no lo expresaran de ese modo, pero al menos así era como yo lo entendía. No tardé en comprobar que sus alumnos eran unos imbéciles. Es probable que tampoco supieran que las clases que Luisa dictaba eran clases de Historia. Una tarde, en la puerta del colegio, detuve a dos de ellos y les dije que yo era el marido de Luisa, que sabía que ellos eran sus alumnos y que estaba preocupado por mi mujer porque desde hacía un tiempo se la veía muy triste. Los dos jóvenes se miraron, no diré que con asombro pero sí con los ojos chispeantes, y balbucieron cosas absurdas. Como no parecían comprender la gravedad de la situación, puse un poco más de énfasis en el pedido de información que había formulado, que cómo creían ellos que Luisa se comportaba en clase, que si no la notaban en exceso cansada, hasta malhumorada. Entonces uno de ellos tomó la posta y me dijo que lo mejor que podía yo hacer, era ir y hablar con mi mujer, que después de todo y más allá de lo insoportable que podía resultar a la hora de dar clases, parecía ser una persona buena y comprensiva. Dicho lo cual ambos jóvenes dieron media vuelta y me dejaron desolado en las puertas del colegio. Ya lo dije, unos perfectos imbéciles.
Pero a pesar de ese encontronazo, y de algunos otros que pudieron haberme afectado, no abandoné mi interés por Luisa. Llegué a sospechar que ella estaba al tanto de mis andanzas y que lejos de asustarse se sentiría halagada. Incluso su modo de vestir, que en un principio había juzgado anodino, se aproximaba por momentos a un cierto atrevimiento más propio de sus alumnos. Me entusiasmaba pensar que Luisa se convertiría, de a poco y gracias mi presencia fantasmal, en una mujer segura de sí misma, si es que en verdad existe tal categoría, lo que de ser así no sería más que otro gran motivo de amargura. Pero más allá de ese detalle, lo cierto es que Luisa no era ni por asomo una mujer feliz. Y aunque segura de sí misma, nunca dejaría de ser una mujer desesperada, con todo lo que eso significa.
Una mañana, agazapado en el umbral de la casa vecina a la que Luisa compartía con Lucas Viel, los vi salir a los dos, al poeta y a su mujer, sonrientes y con sendas bicicletas cuyas pedaleadas no tardaron en ofrecer al viento norte. Los miré alejarse. Dos ideas rondaron mi cabeza: una, que Luisa jamás había notado mis persecuciones, y la otra, que sí las había notado y que le interesaba saber hasta qué punto era yo capaz de persistir en ellas. Como bicicleta no tenía y mucho menos el dinero como para conseguir alguna, me resigné a que mis seguimientos fuesen más espaciados y estudiados.
No me llevó, finalmente, más que un par de días realizar los ajustes necesarios para evitar que el tiempo y la distancia se convirtieran en un obstáculo infranqueable, pero en el fondo sabía que aquel vehículo complicaba mi rutina y me alejaba de la relación que no sin esfuerzo había logrado forjar. Aun así Luisa, la Luisa conciente, la Luisa que transitaba por la ciudad como un animal errante, me fuese por completo ajena.
Ahora, en su nueva faceta de ciclista, ofrecía a quienes la mirábamos pasar un espectáculo amargo: no había en ella nada que se emparentara con una bicicleta. Era torpe y distraída, y sus piernas vacilantes colgaban de los pedales amenazando el escaso equilibrio.
Por eso a muy pocos extrañó que no se mostrara apenada cuando un par de semanas después, ya cansado de tanta ridiculez y riesgo sin sentido, robé su bicicleta del patio del Colegio Nacional. Durante esas dos semanas, Luisa había protagonizado incidentes de lo más desafortunados en el hostil tránsito de la ciudad. Incluso una tarde de domingo, cuando las calles de Resistencia simulan una tranquilidad en la que pocos creen, su insuficiente manejo del manubrio la hizo caer muy cerca del cordón de la vereda y no faltó mucho para que un coche le pasara por encima. Por suerte la caída no significó más que un leve raspón, pero el susto fue mayúsculo y caminó varias cuadras con la bicicleta a un costado mientras intentaba reponerse. Lucas Viel iba junto a ella, y desde la prudente distancia que yo mantenía, me atreví a juzgar que su silencio respondía menos al respeto que a la vergüenza ajena.
Robar la bicicleta no fue tarea difícil. Los alumnos se habían acostumbrado a mi presencia en los alrededores del colegio y no vieron nada extraño en que me colara en el patio y me sentara sobre un banquito de cemento a tomar el sol de la mañana, mientras ellos esparcían su modorra y compartían porros de un olor nauseabundo. Uno de ellos me saludó y no tardé en reconocer al muchacho que me había mandado hablar con mi esposa. Cómo va todo, pregunté, con la intención de mostrarme amistoso y juvenil. Él me sonrió y levantó los pulgares, y se perdió luego dentro del colegio.
Cuando lo juzgué oportuno, caminé hacia el enjambre de bicicletas entre las que se encontraba la de Luisa, y con ayuda de una piedra rompí el ínfimo candado que la sujetaba al montón. Después no tuve más que alejarme, tranquilo y fresco, un poco a pie y otro poco sobre la bici.
Volví para la hora de salida. Luisa, como presumí, no había hecho ningún tipo de alboroto y sin ánimos de darle mucha vuelta al asunto, había tomado el camino rumbo a su acostumbrado café. En la puerta del colegio quedaron un portero y un par de profesores indignados por el robo, que al ver que ni siquiera la damnificada compartía con ellos el sentimiento de indignación no pudieron más que conformarse comentando su carácter extravagante.
Luisa, mientras tanto, caminaba otra vez con el walkman clavado en la sien. Treinta o cuarenta metros más atrás, no importa en realidad cuánto, iba yo.



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