Marcela Greco

Periodista nacida en La Plata en 1962, se considera patagónica por adopción.
Radicada en Las Grutas, provincia de Río Negro, es propietaria y directora de la radio FM ALTERNATIVA

Su ciclo Zona Franca ha iniciado su quinta temporada de presentaciones diarias

Escritora por vocación, hoy nos entrega este cuento inédito.

Ángel

El día en que mamá supo que esperaba su séptimo hijo y que, además, sería varón, cambió para siempre nuestras vidas. Todos sus embarazos se habían sucedido, uno tras otro, con la expectativa de que llegara la nena. Así, había desestimado saber el sexo del bebé en sus ecografías, acaso no queriendo sufrir una temprana decepción. Pero esta vez, la tecnología era determinante. Y se enteró cuatro meses antes del parto.
Desde ese momento, nuestra aburguesada existencia de clase media alta rural, sin sobresaltos, se convertiría en una sucesión de impredecibles, conforme el embarazo y la locura de mi madre crecían a la par.
Vivíamos en una pequeña población del interior de la provincia, en una propiedad herencia de mis abuelos maternos, con huerto, animales y hasta costa de río. Mi padre era el único médico del pueblo y mi madre la esposa del doctor y señora de su casa, que llevaba a la perfección con un par de robustas sirvientas heredadas con la finca. Pero también, era la depositaria de las tradiciones y supersticiones de una comunidad chica, en la que el pensamiento mágico ocupaba, muchas veces, el lugar de la razón. De esto, mi padre- con su mente científica y absorbido completamente por su profesión – estaba al margen, por lo que la crianza y educación de nosotros, sus numerosos hijos, estaba a cargo absolutamente de mamá y sus asistentes, tan pueblerinas y crédulas como ellas.
Así, confirmada su peor pesadilla- sería la madre de un séptimo hijo varón- comenzó a tomar sus recaudos. Lo primero que hizo fue llamar al cura párroco y hacerle bendecir la casa y todo cuanto en ella había, nosotros incluidos, especialmente el cuarto, la ropita, la cuna y demás enseres de la criatura por nacer. Después, le hizo prometer que estaría allí en el momento del parto, que llegó una noche fría y con luna llena. Junto con la primera asistencia, mi hermanito recibió el sacramento del bautismo. Lo llamaron Ángel, tal vez buscando conjurar, con el nombre, el fatalismo de su destino.
Era un bebé grande y saludable, de carácter afable y tranquilo, que todos adoramos. Sus primeros meses fueron los más- sino los únicos- felices de su vida y de la nuestra. Pero cuando empezó a caminar y a balbucear sus primeras palabras, mi madre retomó sus obsesiones. Conforme Ángel crecía y se desarrollaba, los cuidados eran más extremos. Que el pelo estuviera convenientemente corto, igual que las uñas; que nada ni nadie alterara su naturaleza, por lo común pacífica ; que dijese sus oraciones antes de dormir y no se sacase la crucecita de plata ni siquiera para bañarse; que las cortinas de su cuarto y las de toda la casa estuviesen cerradas apenas oscurecía. Hasta intentó enviarlo a una escuela confesional cuando tuvo edad para instruirse, pero ahí si mi padre intervino. Todos sus hijos asistían a una escuela pública y laica, y Ángel no sería la excepción.
Tuvo una infancia y adolescencia muy triste. Para él no hubo campamentos, ni fogatas junto al río, ni guitarreadas con amigos en noches de luna, ni pijamadas, ni bailes. Y eso lo alejó de sus pares. Fue un jovencito retraído y taciturno, que se refugió en los libros, tratando desesperadamente de escapar de la soledad. Muchas veces inventé piadosamente excusas y sacrifiqué salidas para compartir sus encierros. Hasta sus cumpleaños fueron cuidadosamente planificados, nunca después de que se ponía el sol.
Pero llegó el día en que Ángel cumplió 18 años. Y mi madre no pudo con el mandato social y la determinación de mi padre de hacer un festejo por lo alto, como correspondía al hijo del doctor que entraba a la adultez.
Vino todo el mundo. Amigos, compañeros de colegio y del equipo de rugby en el cual jugaba desde chico para disimular su temprana robustez, parientes cercanos y lejanos, familias prestigiosas del pueblo. Se tiró la casa por la ventana. La fiesta fue en el parque, con fuegos artificiales, cotillón y hasta una orquesta que contrató mi padre. Nunca vi a mi hermano tan feliz como esa noche.
Si bien mi madre se había cuidado de que la convocatoria fuese temprano, el trajín de los días previos, el cansancio de una jornada larga y algún que otro brindis demás, le hicieron olvidar un detalle que sería determinante para lo que luego sucedió. Esa madrugada, la luna cambiaba de creciente a luna llena.
Cuando se fueron los invitados, ya en la habitación que compartíamos, Ángel y yo nos dormimos recordando los sucesos del día.
A la mañana siguiente, me despertaron los gritos alterados de mi padre que entró repentinamente a mi cuarto preguntando por Ángel. Miré la cama contigua, vacía. De pronto, advertí que la ventana de la habitación estaba abierta. Salí corriendo en busca de mi madre y la encontré histérica en el jardín, estrechando las ropas de mi hermano que un peón había encontrado junto al río, mientras limpiaba los restos de la fiesta.
Lo que recuerdo luego es una sucesión de días y gente, búsqueda, policía, perros, familiares que casi nunca había visto, llanto, llanto y reproches entre mis padres, que ya casi aceptaban la idea del suicidio, aunque buzos profesionales habían revisado el río palmo a palmo, sin encontrar nada.
No sé porqué, pero yo nunca creí que mi hermano se hubiese quitado la vida. Y unas semanas después, una hermosa y brillante noche de luna llena, el aullido de un lobo junto a mi ventana me confirmó lo que en el fondo ya sabía: Ángel había elegido ser libre.

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