Lilia Lardone

Licenciada en Letras Modernas nacida en Córdoba, en 1941
Desde 1988, coordina talleres de escritura y corrección. Publicó poemas, novelas, cuentos y textos informativos, además de libros dirigidos a niños y jóvenes.

Algunos de sus libros publicados:
* Puertas Adentro (novela - Alfaguara, 1998, Babel Ediciones, 1998),
* Esa chica (novela)
* La fábrica de cristal (novela)
* Vidas de mentira (cuentos)
* Papiros (cuentos)
* Pequeña Ofelia (poemas)
* Diario del río (poemas)
* La escritura en el taller (ensayo en co-autoría, Editorial Anaya-Madrid)
* Caballero Negro (novela Premio Latinoamericano de Literatura Infantil 1999 de Norma/Fundalectura, Bogotá)
* Los asesinos de la calle Lafinur, cuento ilustrado editado en Bogotá

Ni qué decirle

Estamos encerrados en algún sitio. Todos los ecos mueren. Empiezo a ver claro, despacio, muy despacio. Veo paredes lisas, que no ofrecen ningún asidero, hace un momento no estaban aquí, acaban de alzarse a nuestro alrededor.
Marguerite Duras.


El pasillo del ómnibus es estrecho y la iluminación no alcanza para ver los números pero ella sabe adonde está el treinta y dos. Ese es el treinta y dos, le dice al hombre que lee el diario sentado en el asiento de la ventanilla. Él la mira y contesta sí con la cabeza. Lo ve joven al pararse a su lado en el pasillo, aunque a primera vista le había parecido mayor, tal vez por los anteojos de gruesos cristales. Ella se sienta, por más que se esfuerza la cartera no entra en el bolsillo del asiento de delante y se queda por un instante sosteniéndola de las correas, sin saber qué hacer. El hombre se acomoda y en el acto ella tiene conciencia de que su espacio se comprime. Ya es tarde para bajar el apoyabrazos, le parece, tal vez él no se ofenda si le pide que se aparte un poco. Después de todo, piensa, esa barrera pertenece al asiento, está incluida dentro de lo que lo que cada pasajero dispone, aún en este cascajo de refuerzo. Una separación bastante clara que pondría las cosas en su lugar, dijo Eduardo en el bar, mientras ella comía un tostado de jamón y queso antes de partir. Las palabras le salieron llenas de esa pasta tibia y salada que se le pegaba en los dientes al preguntarle, Qué separación, porque se había distraído mirando en el televisor cómo lloraba una mujer muy joven. El periodista le ponía el micrófono cerca y la chica se tapaba la cara. Se fijó que en lugar de contestar si hacía mucho que el marido la golpeaba, largaba un hipo raro, sacando aire desde muy adentro.
Siempre en babia, vos, le dijo Eduardo, No entendés nada, y ella tragó la pasta que se demoró en pasar por la garganta. Lo que te digo, dijo él, es que va a ser mejor que por un tiempo no vengás, porque el laburo se me complica, ¿entendés? Ella dijo que sí, que entendía, seguro, mejor verse en Córdoba, cuando él pudiera viajar; entonces abrió la cartera para guardar el sobre de azúcar que no había usado y él le puso los billetes adentro.
Si no fuera por el hombre, miraría en la cartera para saber cuánto le ha dado esta vez. Pero no quiere contar la plata delante de un desconocido, y menos sabiendo que lo va a tener al lado todo el tiempo que dure el viaje. Es la primera vez que vuelve un sábado, y se distrae mirando el movimiento intenso de las avenidas que recorre el ómnibus. En la costanera hay muchas luces y piensa cuántas veces le pidió a Eduardo que la llevara a conocer alguno de esos restoranes. Ya no voy a ir, se dice, y le sube un ardor por la garganta. Casi ni puede moverse para sacar un pañuelo: le han venido unas ganas irreprimibles de sonarse la nariz. A ver si te destapás también las ideas, le había dicho Eduardo en el hotel, cuando ella le explicó que era alergia para ocultar los rastros del llanto. Todo el día estuvo en el hotel, a la espera de una respuesta a su comunicación con la voz de Eduardo en el contestador telefónico, después de que llegó a Retiro y no lo vio. Él apareció a la noche, faltaban cinco minutos para las nueve y ella pensó que hacía doce horas que lo esperaba, más tiempo del que había pasado viajando. Se acordó de la oscuridad tras la ventanilla y su sueño, en el que Eduardo sonreía, parado en el andén. Como si en los últimos tiempos hubiera sonreído alguna vez, y vio con nitidez la boca de Eduardo, los gruesos labios que le gritaban, Calláte, querés, y ella se callaba para que él viera la pelea del sábado por la noche. Lo que tiene de bueno la televisión, había dicho Eduardo al agarrar el control remoto de la mesita de luz, es que te trae a tu casa todo lo que necesitás, y ella admiró una vez más la facilidad con la que él podía decir lo que pensaba. Ella prendió un cigarrillo, se lo pasó, empezó a desabrocharle los botones del pijama y él dijo, Qué hacés. Ella preguntó si le pasaba algo, Eduardo no contestó, la vista fija en la pantalla, hasta que de repente se oyó, No seás cargosa.
Dejálo contento, eso es lo que tenés que hacer para conservarlo, le había recomendado Noemí al verla llorar mientras marcaba la tarjeta de entrada, el bolso en la mano, un lunes por la mañana. Ella sentía que cada vez era más difícil saber cuándo Eduardo estaba contento.
El hombre ha dejado de leer. Ahora podría bajar el apoyabrazos, pero no se anima. Se tranquiliza esperando que la calefacción suba, entonces, se dice, él va a sacarse ese gamulán tan grueso y el espacio se va a agrandar. En ese momento el hombre se levanta, ella observa de reojo cómo consigue desprenderse del abrigo y vuelve a sentarse colocándolo sobre su pecho, dispuesto a dormir con el asiento reclinado hasta su última posición. También a ella le gustaría dormir, olvidar la cara de Eduardo en el hall del hotel, esa cara de los peores días justo ahora que ella había llegado. Ni qué decirle, se dijo, me vine a este hotel porque no estabas en Retiro. Sólo sonreír y esperar a que explicara, seguro, iba a explicar y todo volvería a ser como cuando vivían juntos, antes de que el trabajo lo obligara a estar en Buenos Aires. Cuántos años habían pasado desde que él le aseguró, No te preocupes negrita, yo te voy a dar plata para que vayas, quién te dice, a lo mejor dura poco tiempo, ¿no negrita?, y le pellizcaba la cara mientras ella le armaba la valija con los ojos llenos de lágrimas.
No quiero llorar, se ordena, y saca otro pañuelo de la cartera. El gamulán se mueve, ella ya no escucha la respiración regular del sueño del hombre y sabe que la ha oído llorar, porque él baja un poco la pierna y ella se da cuenta de que todo el tiempo sintió el calor del otro cuerpo, una pesada pierna abandonada por el sueño en contacto con la suya. Si la viera Eduardo, con esos celos inesperados que la dejaban siempre suspendida en una sospecha. Las chicas de la oficina le habían repetido mil veces que lo dejara, con los tipos celosos hay que cuidarse, la prevenían, Seguro que te controla porque tiene mala leche, no sería raro que te ocultara algo.
Y más lo criticaron después de que ella volvió triste de ese viaje en el que él se encontró con amigos en Retiro, al despedirla, y ni siquiera se los presentó. Apurado, había dejado el bolso al lado del ómnibus y le había dicho, Bueno, vos te arreglás sola, ¿no? y ella vio que volvía a charlar con los dos hombres que la miraron con picardía, tras los saludos. Ella lo defendía, se aguantaba las bromas en el Registro. ¿Y, viene Eduardo a pedir el turno o lo reservás vos misma?, preguntaban al principio. Ahora se acabó, no más preguntas, ni bromas, ni nada, piensa, mientras la escarcha se espesa sobre el vidrio y ya no puede apoyar la cara en la ventanilla.
Qué bueno sería dormir así como duerme el hombre, profundamente, sólo un ronquido suave, diferente al ronquido de Eduardo que la despertaba en medio de la noche. Él había reaccionado con rabia la primera vez que ella se decidió a moverlo un poco para pedirle que dejara de roncar. Parecés una locomotora, le dijo abrazándolo, y él se incorporó de golpe, prendió un cigarrillo y se paró a fumar en silencio, mirando por la ventana los edificios grises de hollín. Eso pasó en el departamento, el que estrenaron juntos después de que ella lo ayudó con la mudanza desde la pensión. Un verdadero nidito, les contaba a las chicas del Registro cada vez que volvía de Buenos Aires. Ni qué decirle nada más sobre el ronquido, pensaba, para qué arruinar la única noche por mes que pasaban juntos, la noche de ese fin de semana que se acababa en un suspiro. Si casi se confundía al calcular si correspondía poner la ropa en el bolso, si ya habían pasado las cuatro semanas que él fijó de entrada, Un intervalo prudente, así dijo, para seguir viéndose a pesar de la distancia. Sólo dos días por mes y una noche, porque ella no podía faltar los viernes. A la gente le gustaba casarse los viernes, y eran pocas empleadas para tanto trabajo; los lunes ni pensarlo, porque ese día pedían los turnos y ella tenía que controlar, Tengo mi responsabilidad, entendeme, le había dicho, controlar montones de papeles, certificados, libretas, Si yo no estoy la gente no se puede casar, y Eduardo se reía un poco y volvía a insistir en la conveniencia de que viajara durante la semana. Necesitaba los feriados para sus cosas, decía. Ella preguntó qué cosas, y él ni la miró al contestar, Cosas, y esa fue la vez que la besó y le hizo doler al tirarle el pelo hacia atrás. Al caer en la cama ella sintió de nuevo lo de siempre, la seguridad de tenerlo a Eduardo sólo para ella, penetrándola violento y luego, relajado, diciendo, Qué haría yo sin vos, mi negrita. Entonces ella le pedía que la dejara respirar, que se corriera porque era muy pesado, Sos un oso, le decía, y él reía, contento.
Otra vez la pierna, un calor que la vuelve al presente del que quisiera salir, ojalá termine este viaje, piensa, y frota la mano sobre el vidrio helado para comprobar, por las señales de la ruta que conoce de memoria, que están por llegar al parador.
Ha sido un impulso, y a ella no le importa saberlo, pero apoya la mano en la rodilla del hombre y siente que el calor le llega hasta el pecho. Apenas un contacto, una ínfima superficie que le cede ese sueño profundo. La respiración no cambia, ella deja sus sentidos abiertos, oye cómo el ronquido continúa y avanza la mano hacia la entrepierna, hasta encontrar el sexo de él, también dormido bajo el gamulán. De repente la respiración varía, gradualmente pasa a un ritmo más corto, el sexo cobra consistencia mientras ella lo acaricia, primero con la derecha, después con las dos manos. Él le toca la cabeza, la toma de los hombros para besarla en la boca con una lengua inexperta de la que ella se desprende enseguida. Corre el cierre, bajo el gamulán, y toma el sexo del hombre. Sus dedos, fuertes y hábiles, se cierran y se abren.
El hombre gime y ella, en la oscuridad, sonríe. Este hombre que gime es suyo, no tiene duda, suyo como Eduardo.

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