Leandro Hidalgo

Sociólogo y escritor nacido en la ciudad de Mendoza, en 1981

Ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales; publicado narraciones en diarios, revistas, páginas web de Chile, México, España, y participado en antologías argentinas y españolas.



La mitad de la casa

Carlos me ha dicho que está ansioso, que va a emprender un viaje alrededor de la mesa de mi casa. Mi casa es muy pequeña, pero la mesa es muy grande. La mesa fue hecha a medida y ocupa perfectamente toda la casa. Empieza ni bien uno abre la puerta y prosigue por el pasillo, metiéndose al baño y a las dos habitaciones. Digamos entonces que el interior de mi casa está dividido en dos: arriba de la mesa y debajo de la mesa. Eso explica los dolores de espalda de mi madre, que ya está grande y sigue caminando en cuatro patas como desde el primer día en que se casó con mi padre y le llevó el apunte con tal ocurrencia. Desde luego, habitar mi casa exige gatear para moverse en ella, ya que sólo caminamos “sobre” la mesa en las navidades y año nuevo. Algunos graciosos me han dicho de una manera hiriente y entre carcajadas que es como si tuviera dos casas. De niño traté de no hacer caso a los sobrenombres que rotulaban a mi familia y los gestos desaprobatorios de mis maestras y adultos a los que les contaba de mi casa. Mi madre me enseñó a no oír esas desacreditaciones, a apoyar a mi padre y fortalecer el vínculo familiar a pesar de lo infrecuente del tamaño de la mesa de casa.

Usamos rodilleras para los dolores, y el único problema que se suscita a menudo es que a mi padre se le estropea el saco con el que trabaja. Mi madre nos ha aconsejado que nos vistamos en la calle para evitar que las ropas de trabajo se nos arruguen, precepto que hemos empezado a adoptar desde la semana pasada.
Los vecinos nos ven ponernos las medias en la vereda y se hacen los distraídos, pero los he visto sonreír burlonamente. En la verdulería del barrio chismosean sobre los calcetines de mi padre o mis calzoncillos de Boca Juniors. Mamá dice que en nada hay que hacer caso de esas barbaridades indiscretas que pululan las vecinas. Que la gente siempre habla de los otros.
Cuando en mi casa hay reunión, los invitados al principio se ríen, se agachan despacio y deambulan a gatas debajo de la mesa, pero a la media arguyen falsas reuniones o llamadas imprevistas y se largan escandalizados. Pocos amigos nos visitan a decir verdad. Actualmente hace muchos años que no festejamos la navidad ni el año nuevo, por lo que ni nos imaginamos qué cosas habrá “sobre” la mesa. Mi madre sufre porque la imagina sucia, llena de polvo y telarañas. Mi padre siempre la imagina impecable. Yo insisto en que han derrumbado el techo y han hecho departamentos.
Mi amigo Carlos dijo que un día iba a venir a mi casa a dar una vuelta alrededor de la mesa. Es posible (ahora lo pienso) que haya sido sólo una ironía, más que me lo dijo de paso y con cara de burla y hace ya varios años. Lo cierto es que estamos cada vez más solos. Yo sigo con la idea de que han derrumbado el techo y han construido departamentos con la mesa como base; mi padre ha dicho que es muy resistente, que puede ser. Les dije que nunca me habían querido escuchar la teoría de los departamentos, recién mi madre se está convenciendo ahora que están haciendo las cañerías de esas otras viviendas de arriba y el incrustado de esos tubos hediondos dificulta todavía más nuestro traslado.
Tenemos linternas y ya vimos las primeras lauchas. Hacemos nuestras necesidades en un rincón y el lugar se ha tornado fétido. Hace mucho que no les veo la cara a mis padres, ni ellos a mí. A veces nos las alumbramos con las linternas y le corregimos la suciedad al otro. Mi padre, a veces, en forma de consuelo, besa a mi madre, la abraza en la oscuridad. Ella también sabe amarlo y le cura las manos o las rodillas con vendas. Lo cierto es que las cloacas de los invasores pasan delante de nuestras narices. Papá ya no sale a trabajar, no tiene ropa para ponerse. Yo hace meses que no salgo, además ya no encontramos la puerta.
Aquellos empresarios edilicios han querido sacar ventajas de aquella idea inicial de mi padre y lo han conseguido a todo vapor. Tampoco les ha importado que nosotros parezcamos cucarachas en nuestra propia casa ni tuvieron reparos cuando construyeron, ya que dejaban caer los escombros con total naturalidad sobre nuestros platos y sobre nuestras almohadas. Mamá sacudía las sábanas con pena, los tipos de arriba son unos aprovechadores, eso es lo que son, me decía.
En un baúl guardamos las cosas que más queremos, casi todas reliquias de mi abuelo, aunque mamá guarda una cajita de música de su madre. Por la mañana, cuando apenas se filtra un gajito de luz por las cañerías, mi madre se queda junto a la cajita de música largos ratos y la observa, a veces llora mientras la bailarina danza. Ya ni nos acordamos cómo era estar erguidos. Yo siento calambres fuertísimos en las rodillas, pero los callo. Supongo que ellos también sufren, pero lo callan. Nos cuidamos de no generar una atmósfera adversa en la casa. Somos prudentes cuando alguno nota que algún alimento se termina o alguna otra incomodidad que se suscita.

A mamá la mordió una rata en el tobillo y está enferma. Papá se ha vuelto un poco loco y está empezando a tener regresiones a su infancia. Se chupa el dedo y aprovecha el gateo para comportarse como un bebé de meses. Mamá me pide que cuide a papá y que racionalice los alimentos que quedan. El aire también se está volviendo escaso, por lo que a veces hago respiración boca a boca a mamá. Yo le recalco a mamá al menos la dicha de que sólo seamos tres, que no nos podemos quejar de que el espacio es muy pequeño, ella me dice que sí, y nos reímos un poco los dos cuando nos acordamos de los vecinos, que ya ni deben acordarse de nosotros. Mamá abraza fuerte a papá que a esta altura parece un bebé del todo. Yo los abrazo a los dos y les digo que los quiero, pero no puedo evitar cierta necesidad de venganza para con los sinvergüenzas que nos tomaron la mitad de la casa.




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