Javier Ávila

Escritor nacido en Mendoza el 29 de marzo de 1974. Es Licenciado en Comunicación Social y ha efectuado estudios en el campo de la sociología de la ciencia y la tecnología. Su reciente actividad literaria está centrada en la narrativa, especialmente el cuento y el relato. Sus temas giran en torno a los grandes interrogantes de la existencia humana, tales como el origen de la vida, la muerte y la naturaleza de los conflictos sociales. Actualmente se encuentra escribiendo su primera novela.

Aportes

Política

Y entonces, agazapado en la oscuridad de sus planes, Él dijo. Y sus palabras sembraron las almas fértiles de Aquellos, los olvidados de siempre, los que siempre creen, los que siempre esperan. Pero los Otros, los que tenían sus propios intereses, advirtiendo los riesgos, lo refutaron. Entonces, respondiendo al agravio, Él dijo de nuevo. Y esta vez sus palabras eran verdades infectas tan hábilmente forjadas que hicieron que los Otros se dividieran. Y así nació la guerra, y los Otros, que a partir de ese día fueron los de más acá y los de más allá, se enfrentaron con saña. Y mientras Él y Aquellos esperaban, los Otros se desangraron en luchas intestinas; se olvidaron de Él y, una vez más, se quedaron con el pan de Aquellos. Y cuando llegó el tiempo, Él cosechó su siembra: acusó a los Otros, que a esta altura ya no eran, y les dio a Aquellos sólo un poco de lo que les había prometido. Y entonces dijo de nuevo. Y a pesar de que nada había cambiado, Aquellos, los olvidados perpetuos, los que siempre creen, los que siempre esperan, lo aclamaron.

Hegel

Muere el sabio en la oscuridad, ahogado en vómito y sangre, atormentado en su frágil cuerpo de barro. El hombre es esta noche, había dicho, esta Nada vacía que todo lo contiene en su simplicidad indivisa. Pero ahora no hay ideas, ni imágenes, ni recuerdos; solo un cuerpo desecho. Atrás quedó Tübingen con sus claras tardes, los poemas de Hölderlin y las vagas bifurcaciones transitadas con Schelling. Muere el niño de infancia gris, el idealista, el sacerdote de la razón; sucumbe atormentado por la polis que no fue, por el vil engendro jacobino que devoró a los hijos de la revolución y sembró la barbarie. Las fantasmagóricas representaciones de su mente lo invaden, ya no hay nada alrededor, solo la noche. El hombre es la muerte que vive una vida humana, piensa, y se marcha.

Sueño caliente

Hacía diez noches que ella se había ido. Y al despertar de su sueño, rígido, sudoroso, ninguna de aquellas mujeres estaba en su cama. – Fue mi imaginación –, se dijo con angustia. Entonces no tuvo más remedio que volver a refrescar la sangre de su solitario cuerpo de hombre.

Gravedad

Era un mundo atrapado en la espantosa red del antes, después, ahora, siempre, nunca, arriba, abajo, derecha, izquierda, este, oeste, norte, sur. Como si esto fuera poco, sus habitantes estaban sometidos a una extraña fuerza que los aplastaba empujándolos hacia un núcleo líquido y en llamas. Parece que con el paso de los años aprendieron a desplazarse en estas difíciles condiciones. Gateaban, caminaban, corrían, saltaban, nadaban y hasta pagaban con sus vidas la transgresión de arrojarse al vacío para experimentar por un instante el prohibido placer del vuelo.

Huida

Un hombre corre; escapa de algo. Es de noche y hace frío. Llueve. Mira hacia el horizonte con pánico y no alcanza a ver nada; la negrura de la noche infinita le devora los ojos. Tropieza y cae. Se levanta con las manos ensangrentadas y avanza. Adelante, en medio de la oscuridad, las luces de una casa se encienden. Camina hacia ella con torpeza y desesperación. Llega hasta su umbral; se escuchan risas. Cuando golpea la puerta cesan los ruidos y todo se apaga. Mira hacia la ventana; tras la cortina, varias sombras humanas lo observan. Les pide auxilio, nadie responde; lo intenta otra vez y la voz se le quiebra. Siente que el silencio es tan brutal que le hiela el alma. Un segundo después se desploma en el piso desmayado. Horas más tarde se despierta. Está recostado en el sillón de un pequeño living. El suave crepitar del hogar a leña lo reconforta. Una voz amiga le pregunta cómo se siente. Más al fondo, un grupo de niños lo observa con curiosidad. La tibieza y el olor a pan casero impregnan el aire. Una mujer se acerca a él con ternura y le pregunta - ¿De qué huías? –De mi soledad -, él le responde.

Nadie lo sabría

Paradójicamente su nuevo mundo no tenía nombre. Se extendía a lo largo de diez metros cuadrados que ardían ante el implacable furor de dos lunas en llamas. El norte, el sur, el este y el oeste se perdían en el infinito como insondables vacíos oscuros. Los viajeros eran cuatro hombres en edad madura. Cada uno permanecía tendido boca arriba en un vértice de aquel asteroide innombrado. Sus cuerpos, raquíticos, se consumían expuestos a la intemperie de ese astro celeste que los llevaba hacia el infinito. Hacía días que habían abandonado los planes de escape, suicido o eutanasia. Sin saberlo eran lo últimos reflejos vitales del planeta tierra.
El mundo ya no era. Luego de la destrucción atómica los cuatro habían despertado sobre ese asteroide en viaje hacia la nada. A pesar de que una extraña atmósfera los protegía, al cabo de unas semanas sus cuerpos cedieron ante el flagelo del hambre, la sed y la desesperanza. Tendidos boca arriba comenzaron a recordar sus vidas; soñaron con sus mujeres, sus hijos, sus paisajes, sus amores y sus orgías. Sus cuerpos y sus mentes colapsaban ante la agonía de las palabras, los símbolos y las cosas. Ya al borde de sus fuerzas para el habla los cuatro coincidieron en la necesidad de inventar un nuevo cosmos: imaginarían paisajes, reinados y potestades espirituales; le pondrían cuerpo a su lascivia, árboles a sus tierras y mares a sus valles; nuevos seres imperfectos caminarían sin fatiga las montañas y volarían con libertad los cielos; no existiría la fortaleza ni la debilidad y la vejez solo sería un posible estado del alma. La Inteligencia y la torpeza serías virtudes igualmente entrañables. El corazón de las nuevas entidades no conocería el egoísmo, la avaricia ni el deseo de dominar a otros.
No lo sabían, pero se estaban convirtiendo en dioses.
Casi en el último suspiro dieron el paso que los hizo superior a todas las deidades: borraron de las almas de sus criaturas el sello de sus creadores. No pusieron condiciones, no decretaron paraísos, manzanas o serpientes. No instalaron la necesidad de sacrificios, hogueras, venganzas o plagas. La libertad no se obtendría con creencias ni estaría sujeta a concurrencias ni conductas recetadas. No habría caos porque no existirían leyes. El nuevo hombre sería pleno porque había sido liberado en su primer hálito de vida.
Mientras el nuevo mundo empezaba el tránsito de su prehistoria, el asteroide agotaba su ciclo de vida y estallaba en mil fragmentos luminosos de colores. Los cuatro Dioses morían y las nuevas criaturas construían sus propias vidas. Jamás sabrían de la existencia de sus creadores: no les construirían altares, no se someterían ni les suplicarían el perdón de sus errores. A los cuatro la muerte les llegó instantánea y serena. La vida los abandonó sonriente y habitó el universo por ellos creado. Ellos hicieron de su final un principio, un verbo encarnado.
Ellos no lo sabrían, nadie lo sabría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Archivo del blog

Gracias por leernos

Visit http://www.ipligence.com

Seguidores