Belén Sigot

Nació en Pronunciamiento, Entre Ríos, el 6 de diciembre de 1979 y actualmente reside en Concepción del Uruguay.
Profesora de Lengua y Literatura, incursiona en el género narrativo y ensayístico.
Fue seleccionada por el Gobierno de su provincia para integrar la selección de ensayo y crónica. Selección de Autores Entrerrianos Patria de Luz (Eduner, 2003 y 2007)

Libros publicados:
* América en bandadas. Una aproximación a la poesía de Luis Alberto Salvarezza (Editorial Dunken, 2007)

El amor en los tiempos de la lepra

“Lo único que me duele de morir
es que no sea de amor”
Gabriel García Márquez. “El amor en los tiempos del cólera”

Dicen que lloró y que imploró, y cuentan también que el cabito Heredia, que había espiado todo desde una puerta a medio arrimar, aseguró que el hombre se arrodilló delante del comisario, y con las manos juntas y con la voz de alguien que ya se ha muerto, le pidió que por favor no haga la denuncia, que no les avise a los de allá, que él, Pablo Salvan, le juraba, por Dios, por su finadita madre y por su novia amada, que él mismo habría de encerrarse en su casa y no salir sino hasta que ella, la enfermedad de mierda esa, le hubiera parado para siempre el corazón.
No era el primero de los condenados pero sí el más joven y hermoso de todos los que habían tenido que pasar por la comisaría de Los Cimarrones antes del telegrama diabólico que les había señalado, a los que lo precedieron, un viaje sin más boleto que el de ida; y quizás por eso, esa vez, esa única vez, el comisario Berthet no dio el aviso brutal. Y a Pablo Salván nadie vino a buscarlo. Y él, desde esa tarde y hasta el final, cumplió a rajatabla la promesa.
Dicen que salió de la comisaría y, ya sin sollozos, montó su caballo y rumbeó despacito, despacito, para la salida del pueblo. Despacito por la tristeza y despacito también porque sabía que esa era la última vez en que miraría todo mundo que no fuera el de su pequeña parcela, allá, cerca de San Crispino. Así que Pablo Salván hizo las siete leguas que lo separaban de su destino último queriéndose engullir, a través de los ojos y de la respiración, todos los colores, formas y olores de esa comarca que, hasta allí, le había tocado en suerte.
Corrían los años cuarenta y Los Cimarrones era un pequeño villorrio con lo suficiente –una escuelita, un puesto policial, una capilla, un almacén de ramos generales y un par de bares – como para tener la condición de pueblo y atraer todos los días a los gringos y criollos de las colonias aledañas. Lo había fundado uno de los hijos del General y en honor a su mujer le había puesto el nombre de Villa María Amalia, pero el que en verdad parió al pueblo fue el tren y fue él también el que le estampó el nombre que todos siempre le conocieron: Estación Los Cimarrones. Cuando pasó lo de Pablo Salván, hacía años ya que los lugareños sabían del terror a la peste. Hacía mucho que se los habían llevado para nunca más volver al matrimonio Corbier, a los Vuarnet… Y hacía bastante también que a Pablo Salván los hombres le esquivaban el apretón de manos en el boliche, y que se escondían, al verlo venir, hasta las mismas muchachas que tanto la habían envidiado a la María Galvani el día en que se lo conquistó en el baile de los Bourlot. Tenía porte de apuesto príncipe campesino Pablo, será por eso que pudo elegir a la más bonita, quien se dejó elegir sin reticencias, y será por eso también que la lepra, después, quiso elegirlo a él.
La tarde de la sentencia, antes de ir a sepultarse para siempre, Pablo Salván pasó a despedirse de su novia; la ausencia que más iba a dolerle, la presencia que más habría de hacerle falta cuando comenzara el encierro en la prisión domiciliaria que él mismo había rogado, a sabiendas de que esa era la única manera de que no se lo llevasen al leprosario, allá, en la isla Cerrito. Ella, como todas las tardes, lo aguardaba en la tranquera. Él siempre sabía llegar con la ternura a flor de labios pero, esta vez, no pudo decirle casi nada; desde el desgarro alcanzó a balbucir lo indispensable, y el llanto lo derrumbó en una total orfandad de besos y palabras. Entonces fue María la que besó, la que acarició, la que dictaminó: Pablo Salván, nada me impedirá que siga siendo su novia , y nada me impedirá que me convierta en su mujer. Él quiso disuadirla a pesar de sí mismo: bastaba con que uno solo se le ofreciera a la peste. Pero ella ya había decidido por los dos.
Se instalaron en un ranchito al que María mantenía pulcro y lleno de flores. Ella era la que se encargaba de ir y venir del pueblo. A pesar de que allá la esperaba el temor y el prejuicio en los ojos y las lenguas de la gente. Qué está viviendo con el leproso, que no se casaron y duermen juntos, que ya tiene que haberse contagiado, que sus propios padres ya no quieren ni verla, que qué pasa si hacen un hijo, que qué lástima una mujer tan linda.
Fueron años los que vivieron juntos. María, cada vez más hermosa, y Pablo, cada vez más corrompida su belleza. A él ya nadie volvió a verlo nunca sino hasta que el cuerpo se le hizo cadáver, aunque fueron pocos los que se acercaron al velatorio para observarlo de lejos. Un cadáver ausente de todo esplendor que no fuera el de los ojos celestes tras las pupilas a las que María misma tuvo que cerrar. Los despojos del hombre al que siempre vio como el más hermoso. El hombre con el que durmió abrazada cada noche sabiendo que también así abrazaba a la otra, la enemiga maldita que se lo disputaba. El hombre que cada vez tenía menos piel donde poder sentir la dulzura de la caricia, el cuerpo que se empeñaba en disminuir día a día los territorios donde María podía poner a caminar sus manos de emplumada blancura.
La última noche, María supo que la otra le había ganado la batalla. Sintió el presagio en el cuerpo cada vez más rígido de su hombre, el cuerpo donde esta vez no pudo encontrar ni un solo pequeño rincón donde ser sólo ella y él, los dos sin la otra, la impostora.
Al amanecer, cuando ya los únicos latidos eran los suyos, María formuló otra promesa: Aunque me quede, Pablo Salván, yo ya me he ido con usted. Y se dispuso a vestir sola el cadáver, sabiendo que no habría manos sin miedo que acudieran a ayudarla.

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