Antonio Cruz

Narrador y poeta santiagueño nacido en Frías, Santiago del Estero, en 1951

Libros publicados:
* 1998 – Catarsis (Poemas de Amor con Esperanza)
* 1999 – Simbiosis (Sonetos, grabados y un regalo) Obra ilustrada por el destacado plástico español Mario Cerón.
* 2003 – Ashpa Súmaj (Poesía Breve - Haikus, Tankas, Sedookas y métrica libre).
* 2003 – Canto a mi pueblo (Poemario)
* 2004 – Panorama del microrrelato en el Noroeste Argentino (Selección de cuentos ultra cortos realizado por la Universidad Nacional de Tucumán – Ediciones del Rectorado)
* 2005 - Aires del Noroeste (Poemario – selección provincial del concurso literario del CFI año 2003)
* 2005 - Poesía cotidiana
* 2006 - Tío Elías y otros cuentos (Selección provincial del concurso literario del Consejo Federal de Inversiones, año 2004)
* 2006 – Desde el exilio hacia Hiroshima (Poemas)
Antologías
* 1999 – ANTOLOGÍA (poesías y cuentos ganadores del concurso literario “Juegos Florales de Villa María”)
* 2001 – ANTOLOGÍA (Poesías y cuentos ganadores del concurso literario “La Inmigración árabe en Santiago del Estero”).

Reencuentro

Mientras circulaba por el puente, curiosamente atestado de vehículos, no podía pensar en otra cosa. Le parecía mentira lo que había pasado la noche anterior. Por más que intentaba, no encontraba una explicación lógica para lo ocurrido.
En un momento determinado el tránsito se detuvo. Mientras el increíble barullo de las bocinas desperezaba la mañana, él parecía inmune a los hechos cotidianos. Entrecerró los ojos, cegado por el resplandor rojizo del sol, que se repetía en el brillo del agua de manera salvaje e intentó poner orden en su mente y en su corazón. Ese día, todo tenía un dejo de irrealidad. Hasta el enloquecido tráfico, atípico en la tranquila capital provincial.
Los vehículos se movieron para volver a detenerse un poco más adelante. Ahogó un reniego y apretó con firmeza el volante tratando de serenarse.
Llegó tarde al hospital y notó con irritación que no prestaba la debida atención a sus enfermos, a los que vio más rápido que de costumbre. Molesto consigo mismo, se dijo que no era posible que estuviera tan alterado. Cuando terminó de atender, le pidió a la enfermera que lo dejara solo un rato, cerró la puerta y encendió un cigarrillo. Habitualmente no fumaba por la mañana, pero ahora sintió la necesidad de hacerlo.
Había conocido a Rosalía cuando eran adolescentes. Ella era hermana de Alejandro, uno de sus mejores amigos. Desde la primera vez que la vio, tuvo la certeza de que había quedado prisionero de sus encantos. Su cuerpo menudo, pero bien formado y su carita redonda y pecosa se transformaron en una obsesión que lo acompañaría toda la vida. Se pusieron de novios al poco tiempo. Había sido la mejor etapa de su vida. El nunca había olvidado las tardes de otoño, cuando el lapacho estallaba en poesía y ellos, abstraídos del mundo sólo pensaban en el amor; ni las largas tardes del estío prolongadas en la hora incierta del crepúsculo, cuando tomados de la mano transformaban la costanera en su refugio; ni las gloriosas noches llenas del mágico encanto del folklore, en que sabían desvelar sus sueños.
Quienes los conocían coincidían en afirmar que había nacido el uno para el otro y que la historia terminaría en matrimonio, pero contrariando todos los pronósticos, tan típicos en la sociedad provinciana, cuando él marchó a estudiar medicina, ella le dijo que no estaba segura de querer casarse. Que lo quería muchísimo, pero que le daba miedo la lejanía. Que necesitaba una tregua para ordenar sus sentimientos.
De nada valieron sus argumentos. La última vez que la había visto, él tuvo la certeza de que ya nunca se pertenecerían como hasta entonces.
A los pocos meses tuvo la confirmación de sus temores. Una tarde, al volver de la facultad, lo esperaba Alejandro. “Tenía que verte” le había dicho. “Te tengo malas noticias”. “Cuando te vi la cara me lo imaginé” había contestado él. “Rosalía se casa” había continuado su amigo “Quería que lo supieras por mi boca pues, a pesar de todo, vos siempre serás mi hermano”.
Después se enteraría de que se había casado con un ingeniero que trabajaba en una empresa petrolera y que estaba viviendo en Venezuela.
Nunca más preguntó por ella y con el paso del tiempo su amistad con Alejandro se fue muriendo. Cuando éste se casó, lo había invitado, pero él prefirió no asistir, sabiendo que ella estaría presente.
Se recibió de médico y con los años se transformó en un profesional exitoso. Sus padres murieron jóvenes y su hermana se había casado, por lo que él se quedó a vivir en la casa paterna. A pesar de que oportunidades no le habían faltado, nunca se casó. De vez en cuando se cruzaba con Alejandro, que a la sazón se había transformado en un abogado de nota, pero salvo saludarse, ya casi ni se hablaban. Es más, las pocas veces que hubo necesitado asesoramiento legal había recurrido a otros. Y por supuesto, de Rosalía nunca más tuvo noticias.
Pero eso fue hasta ayer, ya que con los acontecimientos del día anterior, su vida había dado un vuelco. Prendió otro cigarrillo y recordó la noche pasada.
Había sido un lunes muy extraño y bastante pesado. Por la tarde, al salir del consultorio, estaba tan agotado que caminó hacia la zona comercial con la intención de distenderse un poco. Después de mirar algunas vidrieras se dirigió al bar donde iba siempre a tomar café. Desde los remotos tiempos de su noviazgo con Rosalía, ese pequeño lugar, tan cálido y acogedor, era su refugio. Lo habían descubierto por casualidad una tarde de lluvia, en que él la fue a esperar a la salida de la academia y a pesar de todo, seguía siendo un cliente fiel. Los dueños lo adoraban y nunca probó un café más rico que el que le preparaban allí.
Pidió al mozo lo de siempre y se quedó un rato abstraído. Ya casi se marchaba, cuando la puerta se abrió. Al principio, creyó que estaba soñando. ¡No podía ser ella! Sin embargo, la mujer que acababa de entrar era idéntica a Rosalía. La mujer miró en todas direcciones, segura de sí misma, como si buscara a alguien. Cuando lo vio, su cara se iluminó con una sonrisa y se dirigió resueltamente hacia él.
Su corazón comenzó a latir aceleradamente; cerró sus ojos, pero al abrirlos, ella no había desaparecido, sino que estaba más cerca. Torpemente se levantó de la silla, llamando la atención de los parroquianos más cercanos. Se fundieron en un abrazo. .
- ¡Sabía que te encontraría aquí!
- ¡No lo puedo creer! ¿Qué hacés acá?
- ¡Vine a verte! ¡Sabía que te encontraría aquí!
- ¿Cuándo regresaste?
- Llegué hace un rato y me vine directamente a buscarte.
- ¡Contame de vos!
- Mirá... Vine porque necesitaba verte. Tengo muchas cosas para decirte, pero te pido por favor que por ahora no me hagas ninguna pregunta.
- ¿Por qué?
- ¡Por favor! Sin preguntas.
Todo lo demás había sido una vorágine. Era como si nunca se hubieran separado.
Pasaron casi toda la noche en un motel de las afueras. A pesar de los años, su piel guardaba la tersura de siempre. Sus pechos seguían siendo firmes y su cuerpo conservaba la solidez de la adolescencia. Una y mil veces recorrió con sus labios esa geografía que le era tan cara, hasta que exhausto de tanto amor se durmió. Se despertó cerca del alba y se puso a contemplarla. Le llamó la atención su palidez. Instintivamente pasó la mano por su rostro y le pareció frío. Ella abrió los ojos y sonrió. Volvieron a fundirse desesperados.
“Llevame a la casa de mi madre” le pidió ella.
Cuando llegaron, él le tomó las manos y mirándola fijamente a los ojos le preguntó cuándo volverían a verse.
“Sin preguntas” dijo ella “Ya vendrá el tiempo de las respuestas”.
El la besó por última vez y antes de bajarse, ella le dijo
“Quiero que sepas que siempre te quise y que fuiste lo mejor de mi vida”.
El la miraba arrobado.
“Me di cuenta tarde, pero es la pura verdad”. Luego abrió la puerta y antes de que él pudiera decir nada, ella ya entraba en la casona.
Se dirigió a su casa con las primeras luces del día y en el camino, su mente lo atormentaba con mil preguntas, para las cuales no tenía ninguna respuesta. Mientras se bañaba para despabilarse un poco, volvió a pensar que todo había sido un sueño, pero al salir envuelto en su bata, recordó que ella le había dado un par de aros para que se los guardara. Caminó resueltamente hacia el dormitorio y metió la mano en el saco. Allí estaban. Unos pendientes hermosos que parecían ser de oro con una piedra negra. Realmente eran muy bonitos. ¡Todo había sido cierto! ¡El no había soñado!
Y ahora, en el consultorio del hospital, mientras fumaba su tercer cigarrillo, no podía apartar de su mente todo lo que había vivido la noche anterior. Estuvo tentado de llamar por teléfono a la casa de los padres de Rosalía pero prefirió esperar.
Dio vueltas toda la mañana como un autómata. No podía concentrarse en sus tareas. Al mediodía no pudo probar bocado. Se acostó pensando en dormir un rato la siesta, pero no pudo conciliar el sueño. Toda la tarde estuvo jugueteando con los aros. Cuando terminó de atender y mientras controlaba sus historias clínicas, entró la secretaria, que al ver los aros sobre el escritorio, sonrió de manera cómplice. “No se haga la película” le dijo él molesto.
Por supuesto, cuando salió se fue al bar, pero ella no apareció. Estuvo hasta tarde y cuando llegó a su casa se quedó toda la noche escuchando música. Buscó una cinta donde tenía grabados los temas que solían escuchar juntos.
Se preguntaba qué estaba pasando. ¿Se habría divorciado? O quizá no era feliz en su matrimonio. Tenía un montón de preguntas, pero ninguna respuesta. Lo único cierto era que habían estado juntos; el par de aros lo confirmaba.
Pasaron los días. Llegó el fin de semana y para su espíritu atormentado, las horas parecían no transcurrir. Daba vueltas por su casa totalmente alterado y cuando no soportaba más, salía a caminar sin rumbo. En alguno de sus bolsillos llevaba los aros, como si fueran un talismán y los tocaba permanentemente con el temor casi reverencial de no encontrarlos. Mientras dormía tenía sueños inexplicables y se despertaba agitado y ansioso y al encender su velador, los pendientes, cual dos exóticos escarabajos, brillaban extrañamente sobre la cómoda.
Llegó la mañana del lunes y él seguía sin noticias de Rosalía. Hacía una semana que no la veía. No resistía más la incertidumbre y a pesar suyo, cuando salió del hospital se dirigió a la casa de la mamá de Rosalía, enclavada en un elegante suburbio. El sentido común le decía que estaba cometiendo un error. ¿Qué diría su madre? ¿Y los vecinos? ¿Y si estaba el marido? Recordaba los rumores que tanto lo habían dañado en ocasión del divorcio de su hermana. Lo atormentaba la posibilidad de ponerla en aprietos.
Dio varias vueltas a la manzana y al final su prudencia pudo más. Pasó el resto de la mañana como un loco reprochándose la cobardía. Estaba confuso y no sabía qué hacer. Se moría de ganas de volver a verla pero lo intimidaba lo inverosímil de la situación.
Se dirigió a su casa y sin almorzar se tiró en la cama intentando reprimir su angustia. Por momentos sentía que la impotencia se transformaba en un océano de lágrimas que se derramaba convulsivamente en espasmódicos sollozos. Al final, en la cúspide de su desorientación, tomó la decisión.
Cuando llegó al consultorio para su tarea vespertina, puso en marcha el plan ideado para tener noticias de Rosalía. Llamó a su secretaria y le dio un número de teléfono que había sacado de la guía, pidiendo que cuando tuviera la llamada se la pasara.
“Estudio Jurídico” escuchó una voz femenina del otro lado de la línea.
“Con Alejandro, por favor” dijo él.
“El Doctor no se encuentra” contestó la mujer “¿Quién le habla?”
“Un cliente” dijo “¿Demorará mucho en llegar?”.
“El Doctor no está en el país... ¿Quién le habla?” insistió la mujer.
“Un viejo amigo” dijo con poca convicción.
“Entonces, si es amigo, le voy a dar una mala noticia” contestó la mujer con tono monocorde “El Doctor viajó a Venezuela el martes pasado porque el lunes a la noche falleció su hermana”.
Él recordó el pálido rostro de Rosalía y sus manos heladas mientras gritaba enloquecido “¡Mentira!” “¡La señorita Rosalía no puede haber muerto!”.
La voz átona cortó su aullido sin misericordia “Lamentablemente es la verdad... La señorita Rosalía falleció el lunes a la noche”.
El aparato cayó de sus manos golpeando de manera estridente sobre el piso, mientras sus ojos se clavaban en el par de aros que tenía sobre el escritorio.

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