Nicolás Santiago Jozami


Escritor nacido en Santa Rosa,La Pampa y residente en la ciudad de Córdoba.


Libros publicados:
* La Quimera


La revelación

A pesar de que muchos no lo creyeran, a Marta le había llegado la hora. Como a la mayoría, cuando se daban ese tipo de noticias, los preparativos ya estaban bastante avanzados. Y eso no era raro en Marta, ya que su conducta previsora la hacía adelantarse a todo. Un rasgo más, una virtud que seguramente también había enamorado a Gonzalo. Marta nos lo nombró después de sus últimas vacaciones, y nadie quiso preguntarle si lo había llevado a Huinca Renancó, a conocer a su familia.
Lo vimos tres o cuatro veces, y por la cara que ponía ante los desafortunados comentarios de ella, pero muy graciosos por esa condición, imaginamos que era cierto ese rumor fantasma de la virginidad. La fiesta iba a ser completa; tradicionalmente como las familias de pueblo piden y sienten; el casamiento continúa, o comienza, con la relación sexual entre esposos.
La cuestión, más allá o acá del tenor de las bromas, es que Marta Isabel Esteche se casaba. Rebajando ahora sí con su mirada a aquellos que nunca habíamos puesto fichas en su favor. Con esa petulancia de mujer desinteresada, ya no aceptaba los mates ni el café de la mañana, diciendo que no quería hacer desarreglos. Se permitía llegar un poco más tarde a la agencia, y ocupaba su teléfono sentándose un poco más alejada de nosotros.
Fue el flaco Goycochea quien no aguantó tanta ínfula y le sacudió sin asco: -te van a limpiar la telaraña y se te van a bajar los humos-. O: - A ese muchacho hay que hacerle un monumento viejo, por su esfuerzo y por tu cara-. Creímos varios que Marta lo dejaría sin invitación al flaco, pero como una duquesa, le dejó la participación en un sobre color cremita debajo del CPU donde el Flaco controlaba las llamadas.
Lorena y Marcela sabían algo de los gastos del entuerto, ya que varias veces en ese tiempo pidieron permiso para irse antes o llamaban a negocios de regalos o mueblerías y hasta cotillones para ayudar a organizar el casamiento.
Con el Flaco y Patricio sacamos cuentas para ver si le regalábamos algo u optábamos por la fiesta. – Nunca uno se chupa en los casamientos, es como que tomás y estás siempre fresco- lanzó Pablo, dejando clara su opinión. Aunque finalmente decidimos por mayoría ir todos a la fiesta, así fuera para criticar después.
En la remisería se repetían los llamados de felicitaciones a Marta, y algún gracioso, estúpido queda mejor, que también se ve que sabría lo del rumor de la compañera y se atrevió a decirnos que no fuéramos tontos. Gonzalo pasaba a buscarla y en las últimas oportunidades ni se bajaba del auto; vergüenza creíamos nosotros. – Los huevos de plomo debe tener ese muchacho- decía para la tribuna el Flaco.
De Huinca Renancó Marta nos mencionó una hermana y sus padres, que creíamos muy viejos, ya que contaba como hazañas las tareas más simples, como ir al supermercado o limpiar el fondo del patio. Y, no sé si los compañeros de la remisería recordarán, nombró dos veces a Elvio, ese vecino que fue novio de infancia, compinche de barrio, confidente adolescente y seguramente profesional, ya que Marta no lo mencionó más. Se sabe que (aunque no es condición de un pueblo o ciudad, sino que sucede en todos lados) en los lugares pequeños, quienes no se destacaron profesionalmente o de alguna manera visible y representativa, opacan y rebajan afuera de su tierra a quien triunfó u obtuvo éxito, no mencionándolo u olvidándolo de alguna manera, ya que no hacerlo sería inevitablemente compararse. Es como si una extraña fuerza telúrica tornara a comparar las capacidades de los lugareños cada vez que ellos se encuentran fuera del lugar de origen. En mi ciudad pasa lo mismo.
Marta fue pintada, bien pintada a la remisería (que era trucha, y de autos destartalados), la semana anterior al casamiento. Volvimos a hacerle algunos chistes, y creo que el rubor no se le notó bajo las cremas. –Ya te llega la hora Martita- decía el Flaco con desparpajo. En esas últimas bromas nos prendimos todos, nos desquitamos –por qué no decirlo también- de la estricta precaución con que Marta guardaba sus secretos. El último viernes de soltería, los compañeros cortamos las llamadas unos minutos y brindamos y comimos torta. Gonzalo no fue a buscar a su futura esposa ese día. Por dichos de la propia Marta, el hombre estaba tan nervioso que se olvidaba de las cosas inmediatas que tenía que hacer. Volviendo al brindis, no pude averiguar quién, de las chicas me supongo, fue la que puso en la torta un muñequito masculino de plástico sólo con un calzoncillo pintado de color plateado, con un relieve exagerado en la zona genital, dejando en evidencia la única interpretación posible. –Entrarás a otra nueva vida- dije. -Sí, el pasillo que divide la histeria del buen amanecer- agregó Patricio. Las chicas se rieron y Marta apuró el contenido de su vaso.
La jornada nupcial fue una hoguera urbana. El asfalto despedía calor, y la humedad hacía transpirar hasta las rodillas con el roce del pantalón. Sofocante como para que no olvidáramos aquello. Los compañeros de la remisería llegamos en patota, y el Flaco no se guardaba las últimas guarangadas. –En la iglesia no Flaco- le dije acomodándome el saco tras bajar del auto. Las chicas estaban lindas, dos con un vestido violeta veteado y recortado abajo, en la base, y con los hombros expuestos bien bronceados. Me imaginaría cómo estaría Marta, con el vestido blanco bien puesto y ganado, cumpliendo el rito de la tradición, y no lograba disimular una pequeña mueca de tristeza en los labios.
Al entrar, lo primero que busqué fueron ventiladores. Alfombra roja, guirnaldas de papel manteca y creppe blancas, perfume en el ambiente, cinta con moño colocada en los extremos de los largos bancos ubicados a ambos lados del centro. Pero no había ventiladores; las ventanas abiertas pero nada de aire. Una de las chicas no tuvo inconvenientes en ser la primera en sacar de la cartera un abanico. Fue una seguidilla. Cuando vimos que algunos niños se acomodaron en los lugares, advertidos por los padres de buena o mala manera, supimos que la novia ya estaba afuera. Gonzalo la esperaba frotándose las manos en el saco, y tenía unas ojeras de un largo insomnio. Marta entró con el padre, señor canoso, con un círculo vacío en medio de la nuca. Encorvado y de piel colorada, se apoyaba sobre su hija mientras caminaba. Miré las caras de los demás, y supe que los familiares de los comprometidos estaban todos adelante; murmuraban. – No debe tener bombacha- tiró el Flaco en voz baja, por lo que Marcela, en un acto reflejo, comenzó a abanicarse más fuerte. Estaba muy bonita Marta, con ese arreglo en la cabeza que a su vez no dejaba de resaltarle el peinado. Vestido blanco de raso brillante bien ceñido al cuerpo. Ella agarraba al padre con una gran precisión. A paso lento llegaron al altar. Algunos niños, inaguantables, ya comenzaban nuevamente sus travesuras. Corrían y querían revolcarse en la alfombra. La homilía se espesaba. El cura hablaba fuerte, con una gran vozarrona, pero lentamente, marcando las palabras, sintiendo y cumpliendo con su rol de encomendado divino. Marta estaba tiesa, nerviosa ahora, y su compañero parecía distender apenas algunos músculos de la cara (cuando se inclinaba y lo veíamos de perfil).
No sé si es el destino, pero las burlas a Marta la acompañaron hasta el final. Una de las lecturas del evangelio que hizo por cierto un hombre alto, de camisa rosa y peinado con toda la gomina que supo conseguir, hacía referencia al cuidado y la protección que los hombres debían tener para no tentarse con la lujuria. El Flaco abrió grande los ojos e inclinó robóticamente hacia mí la cabeza. Lo advertí y aproveché para dar vuelta la cabeza sobre mi hombro izquierdo y mirar atrás. No entraba un alma.
Y ahí lo vi. No tendría más de siete años. Quietito, el corte de cara angular y las facciones inevitables; fijé en la memoria el rostro y me puse nuevamente de frente, con la vista hacia los novios. Sí, claro, sólo yo podría reconocerlo.
Volví a girar la cabeza mirando el techo, como buscando ventilación, y cuando bajé la vista, supe de un rostro sin identidad, de un secreto alimentado por el reconocimiento de mi verdad. Esa silueta parecía una cárcel, un pasado estupefacto. El cura estaba pidiendo el beso del novio a la novia cuando sentí un ruido. Unos tacos que salían de su lugar y se dirigían a la puerta. Claro. No estaba más. Pero hipócrita y cobardemente, me interesaba más que descubrieran mi secreto; que se denunciaba al poder yo haber descubierto el de ella o ellos.
Marta y Gonzalo pasaron riendo y saludando, con esas caras que se nota han sido estudiadas y ejercitadas de antemano. Cuando salieron, obvio que todos íbamos formando ese círculo que rodea a los esposos y que se achicaba o agrandaba a medida que cada uno saludaba y felicitaba. Digo esto porque no estaba adentro ni esperando entrar. Busqué como pude esa imagen, y unos tacos llevando la mano de un niño. En la parte trasera de un auto azul metálico y contra la ventana, resaltaban los aparatos de ortodoncia de una cara que abría la boca y la acercaba al vidrio. El auto arrancó enseguida. Mi secreto fue suyo; bastó un instante; el suyo le daba sentido al pasado, evocándose en cada chiste o broma que sobre ese tema le hacíamos a Marta.

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