Sandro Walter Centurión

Profesor en Letras y escritor nacido en Formosa

Libros publicados:
* El sabor de lo extraño. Cuentos. 2005. Del autor.
* Garabatos y mentiras. Micro relatos. 2006. Del autor
* La vida es una minificción. Minificciones y micro relatos. 2007. Re- editado por ñasaindy cartonera. 2009
* Dan ganas de matar. Cuentos. 2009. Del autor
* Jóvenes creadores. Antología. MCyE. 2004
* Cuentos breves inéditos. Antología. Unitán- el comercial. 2008
* Cuentos por deporte 2. Antología. Ed. Homosapiens. Rosario. 2008
Textos varios en revistas locales, nacionales y sitios de internet.

Breves

Reconciliación

Sumergido hasta el cuello en la tina de agua caliente que ella misma le preparó, bebía vino en una copa de cristal. Y desde allí, la observaba. Ella peinaba su rubio y húmedo cabello sentada frente al espejo del baño. Llevaba puesto una diminuta bata que cubría a medias su cuerpo. Seria, perdida en lejanos pensamientos murmuraba una canción de amor.
Todo indicaba que la pelea de la noche había quedado en el olvido y todo se encaminaba, como siempre, a una pronta y apasionada reconciliación.
Mi padre tenía razón -pensó él- de vez en cuando un par de golpes ayudan a poner las cosas en su lugar.
Se paró frente a él ¿Te gusta, mi amor?- le preguntó mientras secaba su rubia cabellera con el secador y él permanecía inmerso en la tina jabonosa.
No tuvo tiempo de responder. El secador de cabellos encendido, que ella dejó caer en el agua, silenció para siempre al hombre.

El fin del mundo

La radio anunció una vez más la terrible noticia, el fin del mundo finalmente había llegado.
-Y tenían razón nomás los testigos de Jehová- le comentó el viejo Arsenio López a Fidelino Reyes, su eterno amigo de siestas calurosas que, de reojo, observaba el cielo esperando ver algo inusual. -Y yo que los corría de mi casa, cómo se han de estar riendo ahora- agregó Fidelino Reyes.
“A las 16 hs del martes 24 de enero un asteroide de colosales dimensiones impactará contra la Tierra y acabará con nuestra existencia. El gobierno ruega a la población que ante esta eventualidad procedan con calma y prudencia”.
Mientras en el resto del mundo el pánico desataba el caos y acababa con la civilización, la noticia no melló en nada la tranquilidad del pequeño poblado. Algunos suspiraron hondo, otros escupieron la tierra reseca y estéril, y otros esbozaron una mueca de enfado. Cuando el asteroide finalmente llegó, el impacto apenas provocó una grieta en el árido suelo y levantó un poco de polvo.
Los chicos fueron a ver al objeto venido del espacio exterior, los demás, al igual que Arsenio y Fidelino prefirieron quedarse a la sombra y seguir esperando el fin del mundo.

Tristeza

-Deprimido, eh. Triste me dice usted. Pues bien, no se preocupe, no es para tanto. Tengo una idea. Vaya a ver el circo que acaba de llegar a la ciudad. Yo fui anoche con mi esposa y la pasamos muy bien. Hay un payaso que es genial, me hizo reír toda la noche.
-Bueno, gracias doctor, lo voy a tener en cuenta.
Cabizbajo, el hombre tomó su sombrero y salió del consultorio.
El psicólogo lo acompañó hasta la puerta.
-No lo olvide, el circo, vaya a divertirse y arriba ese ánimo.
Mientras se alejaba, el hombre, llevó la mano derecha al bolsillo del pantalón. Sus dedos juguetearon un rato con la roja nariz de payaso; cuando llegó a la vereda la arrojó con bronca a un cesto de basura.

Quizás mañana

Ella está acostada, completamente desnuda, tapada hasta el cuello con una sábana rosa. Piensa: lo voy a sorprender.
Él entra al cuarto y mientras se pone su pijama la observa de reojo. Piensa: Porqué se tapa, la conozco de toda la vida y ahora se hace la tímida.
Ella esquiva la mirada: piensa: ¿por qué no me dice nada?
Él se sienta en la cama de espaldas a la mujer. Piensa: ¿por qué no me dice nada?
Ella. Piensa: Si tan solo se abalanzara sobre mi y me abrazara.
Él se recuesta al lado de la mujer, boca arriba sin desplegar la sábana. Piensa: No es justo.
Ella siente algo de frío y se acurruca de lado dando la espalda al hombre. Piensa: Si tan solo me abrazara.
Él la mira. Piensa: Es todo me rindo. Se da vuelta y da la espalda a la mujer.
Ella cierra los ojos. Piensa: quizás mañana.
Él apaga la luz del velador. Piensa: quizás mañana.

La última cuerda

Nunca había notado la existencia de las cuerdas. Puede decirse que el descubrimiento ocurrió como una revelación. Hilos casi invisibles salían de cada parte de mi cuerpo; era evidente que había nacido con ellos. Subían hacía el cielo y no alcanzaba a ver el final de mis cuerdas. Fue terrible descubrir que yo era una marioneta. Me preguntaba si los demás también serían marionetas y si lo eran, acaso notaban alguna vez la existencia de las cuerdas.
Supongo que a nadie le gusta ser una marioneta, por eso con tijera en mano comencé a cortar una a una las cuerdas que gobernaban mi cuerpo. Con cada cuerda que cortaba me sentía libre y me apresuraba a cortar las otras. Demasiado tarde me di cuenta que mi cuerpo perdía fuerza y se desvanecía.
Comprobé que no pueden volver a unirse. He cortado casi todas las cuerdas. Mi cuerpo fláccido, exánime, está desparramado en el piso. La última cuerda que queda es la que gobierna mi mano diestra, con la que escribo. Aún no he encontrado la forma de cortarla.

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