Marcelo Moreyra

Poeta, escritor, pintor, muralista, locutor, docente, nacido en 1958, en Tobuna, Dep. San Pedro, Misiones. Vive en Puerto Iguazú desde 1969

Libros publicados:
* Distancias (poesía) 1990;
* Gritos en el viento (poesía y narrativa) 1992
* La Cárcel (novela) Editorial Universitaria, UNAM, 1998
* De espadas y duendes, poesía, 2005. Reedición 2008.
Representó oficialmente a Misiones en la Feria Internacional del Libro, de Bs. Aires, en los años, 90, 92, 98, 06 y 08.

La Bugra

En el corazón de la primavera, cuando las primeras chicharras comenzaban a ensayar sus incipientes y metálicos conciertos, regresaba el cazador con el rifle al hombro y un nuevo fracaso carcomiéndole el orgullo; no traía una mísera pieza, tal vez por el calor o porque los bichos ya lo olfateaban y se hundían en sus madrigueras. Antonio se había criado así, teniendo a los animales a su merced y sabiendo que a su vez estaba a merced de ellos, desde que abandonó el tercer grado de la primaria. Andaba siempre lejos de los chicos de su edad y de sus familiares adultos. Su padre se había vuelto a casar y al no poder competir con las bondades de su joven madrastra, perdió definitivamente sus privilegios de niño y de hijo.
Tenía los ojos claros, el pelo rubio y mal cuidado y la ropa transpirada y sucia y parecía un prófugo aquélla tarde, cuando a manotazos se fue abriendo paso ante la última valla de pajonal que lo separaba de la ruta. Su aspecto era asustador cuando imprevistamente saltó a la banquina. La joven aborigen que regresaba con sus hermanitos, cargando una harapienta bolsa de comestibles, no pudo evitar un grito al verlo materializarse de la nada y para colmo cargando un arma. Él disfrutó levemente de su miedo, pero al verla tan frágil y asustada, se sintió culpable, dejando escapar una palabra que ya no recordaba, disculpáme.
Ningún blanco antes había tenido un gesto similar ni se había detenido a darle su tiempo. Lindo muchacho, pensó, avergonzada, aflojando la presión de sus manos. Él trató de calcular su edad clavando sus ojos sedientos en los pechos adolescentes, ésta no pasa de catorce, pensó, aunque ella misma lo ignoraba, pero estaba como alucinado ante las oscuras pupilas y bellos rasgos, que sintió un calor desconocido en el rostro sudoroso. Algo lo atraía con fuerza complicando sus expresiones. Nunca había tenido novia y los temores de cuando se encontrara con alguien que conmoviera su corazón y no supiera qué hacer ni qué decir, lo atormentaban últimamente, concluyendo que el momento era ése: ¿Cómo te llamás? Balbuceó. Delicia, respondió, bajando la mirada. Cuando preguntó, aún sabiéndolo, hacia dónde iba, ella señaló tímidamente con el dedo en dirección a la serranía azulada, donde el oscuro hilo del pavimento se incrustaba a la derecha.
Sobre las agrietadas barrancas se desperdigaba una docena de precarias chozas, donde vivían hacinados en la pobreza y el humo los paisanos de su tribu. Mientras caminaban en silencio sus corazones latían distinto y cuando sus dedos se rozaron con la levedad de una chispa en la quietud montaraz, él sintió haber encontrado parte de las respuestas que necesitaba, mientras ella descubría nuevas sensaciones.
Tenés dieciocho años, cómo te vas a meter con una bugra, ladró el padre al enterarse del encuentro y de sus planes, lanzando una cadena de insultos contra los aborígenes y contra su hijo. A la semana de haberse conocido y con la oposición del mundo, decidieron irse a vivir juntos. Sus abuelos le ofrecieron un lugar en la casa, pero prefirieron acomodarse en el galpón, entre polvorientos trastos y olorosos manojos de tabaco. Nunca pudieron hablar con ella, parecía una liebre salvaje dando temerosos rodeos y escondiéndose constantemente. Para extraer agua del pozo esperaba la contundente quietud de la siesta, llevando y trayendo baldes a las corridas, aunque jamás percibió que los dueños de casa, de pura curiosidad, la espiaban. Cuando llegaba la hora del trabajo, se transformaba en un taladro de músculos hirvientes e incontrolables, yendo casi siempre delante de los demás peones y a veces, de su propio compañero, quienes escupían su impotencia maldiciendo por lo bajo.
Un día, simplemente desaparecieron. Comentarios de todo tipo angustiaban a los abuelos y a los tíos que habían iniciado un acercamiento. La noticia de que el joven había sido devorado por un tigre y que ella había enloquecido, se propagó por el pueblo y las colonias, alimentada por la fantasía de los lugareños, generando confusión, dolor e incertidumbre. Meses después fueron encontrados por un camionero que los conocía, caminando al borde de la ruta, en las cercanías de Yabotí. Ella iba de su mano, orgullosa de su primer embarazo. Algunos parientes les consiguieron un Permiso de Ocupación en una franja de monte virgen, en el Paraje Esmeralda, a veinticinco kilómetros del tránsito normal. Once hijos más llegaron con la sola ayuda de su compañero Nené, quien había experimentado una mezcla de abonos naturales, logrando asombrosos resultados en su selvático refugio y sus productos comenzaron a ser muy requeridos en San Pedro, adonde llegaban en un viejo caballo rengo, como la extraviada figura de un libro de antaño.
Todos los hijos tenían los ojos verdes, aunque la piel no tan oscura como la madre, pero sí las inconfundibles facciones de su raza. Una prima del cazador, con toda su familia, los fue a visitar, quedando todos muy impresionados por el encuentro. Luego de andar largamente por un intransitable camino y pensando que no lograrían salir de allí con el vehículo entero, llegaron al fin al rancho, construido con rústicas tablas y remiendos de láminas de madera y techo de paja. Dormían uno al lado del otro, sobre una especie de larga estera, armada con finas ramas, atadas con lianas, como si fueran diminutas balsas para jugar en las correderas o en el tajamar. El ambiente en general tenía olor a humo y orina. Cocinaban en una olla de hierro colgada de un triángulo de fuertes gajos y la ropa lavaban sobre las piedras y luego de golpearlas un poco, las arrojaban sobre los arbustos, luciendo como descoloridas y raras flores.
A la prima Rosa se le ocurrió llevar, entre otras cosas, un sachet de mayonesa, que fue derramado luego sobre la ensalada de lechuga servida con hojas enteras. La mayor de las hermanas tomó las golosinas y el paquete de galletitas como un valioso tesoro; se sentó sobre un leño, al tiempo que fue rodeada por sus hermanitos y se dedicaron a comer en hermético silencio. El esposo de dicha prima, formado en rudas disciplinas militares, se enterneció con la escena, preguntándose por qué el padre de Antonio no los quería, por qué el horrible término la bugra y por qué la enemistad tan cruel con alguien que llevaba su sangre.


Los devastadores inviernos de la zona, que a veces llegaban en alucinantes tropeles de neviscas desconocidas, los fue dañando en diversos aspectos. El primer hijo varón, adorado por su madre por la gran similitud con el papá, comenzó a concurrir con los demás a una escuela rural y a relacionarse con otra gente, pero en la chacra desplegaba sus inagotables energías, sin que lo amilanaran los calores salvajes ni le produjeran temor los peligrosos felinos. Un terrible julio lo encontró desprevenido como siempre, asestándole una estocada profunda y certera, eclosionando sus pulmones y desterrando sus hálitos de vida hacia el último abismo.
Su madre gritó, gimió y lloró desgarradoramente, hasta quedar sin voz, como si fuera a morirse también: no bastaron sus esfuerzos ni cuidados durante la neumonía, como tampoco fueron suficientes los conjuros de una fantasmal curandera, que inundó de olores de extrañas hierbas y oraciones ininteligibles los penumbrosos rincones de la vivienda. Cuando el sufrido gringo presintió el desenlace, ensayó un intento final, cargándolo sobre el lomo del caballo y arremetiendo con desesperación contra el viento helado y el barro. Pero la crecida del arroyo ya había estampado su burla tenebrosa llevándose todas las tablas del improvisado puente.
Ella ya no era la misma. Deambulaba por los alrededores como un duende lejano y sangrante, como una perdida sombra, arañando el suelo con los ojos, llorando a escondidas en la inhóspita soledad del paraje, por la ausencia que llenó de brumas los cálidos prados de su alma. Fue testigo de muchas muertes en su infancia: por tuberculosis, por descuido o en algunas feroces riñas de alcohólicos revuelos. Había contemplado horrorizada cómo las viejas madres se arrastraban en el polvo buscando sacudir las entrañas de los dioses escondidos, clamando por sus hijos. Pero nunca se imaginó que el amado fruto de su propio ser terminaría bajo un montón de terrones, en el mismo patio donde aprendiera a caminar, encendiendo para ella las más dulces melodías.
Empeoraba su salud paulatinamente, mientras crecía la nostalgia por el hijo de diecinueve años, cuyo destino no podían entender ni aceptar. En su delicada humanidad afloraban amenazantes las marcas de la lucha por la vida; las armas eran invisibles y se infiltraban en la piel y las arterias, implacable y calladamente.
Todos se habían ido temprano al pueblo a vender la última cosecha y regresarían como de costumbre, al anochecer. Irían apareciendo en lenta y cansada procesión y reirían felices al ver a su madre. En esa ocasión, el jefe familiar tenía un secreto: mientras sus hijos vendían, él se daría una vuelta por el hospital, done luego de explicar el estado de su mujer, regresaría con los medicamentos que la rescatarían de las garras del dolor. No quería cometer el mismo error que con su hijo ni que lo descubrieran renunciando a los ancestrales métodos de curación de los montaraces. Ya no soportaba el miedo y la impotencia ante los continuos ataques de tos de su compañera.
Delicia nunca supo con certeza su edad ni le interesaba saberlo, pero calculaba que tendría cerca de cuarenta, aunque por dentro se sentía como una anciana de la aldea.
Las chicharras de octubre ya habían instalado sus preludios veraniegos, dejando su vacía huella en las cortezas de los árboles y en el suelo mismo, como insignificantes estrellas derrotadas. Ella salió de la casa con el reloj que le regaló su hombre y que por vergüenza nunca lo había usado y como una reliquia o un pichón tembloroso, lo llevaba extasiada en la palma de la mano. Todo se movía y giraba a su alrededor. De las verdes copas planas se desprendían amenazantes lenguas de fuego buscando enredarse en sus piernas. “Antonio”, gimió, dejándose caer sobre un tronco y apretando el reloj con todas sus fuerzas, en el frágil nido de su pecho.
Sobre las araucarias del fondo se recortaba una pálida medialuna, empujada por las suaves y agrestes ondas primaverales del atardecer. El paisaje se iba esfumando en llamas azules, mientras los silbidos del aire iban formando cadenciosos espirales de violines lastimeros. Ella ya no era una india despreciada, sino el nervio herido de un árbol transformándose en hoja. Luego de fijar sus pupilas relampagueantes en algún punto de la picada, se desplomó como una efigie sin latidos, clavando su rostro sonriente en la húmeda piel de la tierra.-

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