Jorge Veneciano

Profesión: Ingeniero Agrónomo – Magíster en Gestión Ambiental

Libros editados:
I) Narrazones. Relatos en prosa. 2008. Nueva Editorial Universitaria (UNSL).
II) Sobras Completas. Nueva Editorial Universitaria (UNSL) (en prensa).
*Otros:
- 3° premio en el V certamen nacional de poesía y narrativa (categoría Narrativa breve) Tierra que palpita... Edit. De los Cuatro Vientos, 2002.
- 1° premio en el concurso Dunant-Passy (categoría Cuento corto). Edit. Bellvigraf, 2003.
- 3° premio en el V Certamen internacional de Cuento y Poesía “Almafuerte” (categoría Cuento corto). Edit. Bellvigraf, 2004.
- 1º premio en el concurso “San Luis te publica” 2008 (categoría Cuento). Programa San Luis Libro, Gobierno de San Luis.

Escondite

La ciudad aniquila todo lo que puebla la soledad.
La ciudad no es, entonces, soledad. Es el vacío.
P.D. La Rochelle.

Me pregunto por qué, a estas horas de la noche - debería decir “de esta noche”-, comienzo a registrar esta casi confesión de mis extraños crímenes.

Y aunque no parecen sobrarme razones, pienso que, tal vez, busco echar luz allí donde otros extraviaron su comprensión. O, al igual que todos, también yo secretamente aspiro a ser juzgado por mis palabras antes que por mis horrendos hechos.

Dispongo de poco tiempo, por lo que no ahondaré en mis intentos por desentrañar motivos que a nadie importan. Apenas diré, en mi descargo, que un momento de desesperación fue la causa de mi primer asesinato y que, desde entonces, los acontecimientos se desencadenaron escapando a mi control.

Habré de decir, para ser breve, que en el vacío de mi vida Andrea ha sido una mancha luminosa, un instante de dicha que saldó crecidamente el hastío y la angustia que arrastré por años entre las calles indiferentes de esta ciudad que me aborrece y a la que con igual fuerza aborrezco.

Había almendras en sus ojos, y yo me nutría con ellos. Alcanzar tardíamente la felicidad, después de ansiarla por siglos, trae consigo la imposibilidad de sobrevivir sin ella. Pero lo supe después.

Estas paredes, por caso, se habían ido cerrando con el tiempo hasta asfixiarme. Retornar de la oficina e introducirme bajo este techo era peor que morir: era morir sabiendo que mi espantosa existencia proseguiría. Con Andrea - quiero decir, con su piel, su risa, con la frescura de sus veinte años -, en cambio, entre estas paredes estaba el mundo.

Fui, sería insensato negarlo, inmensamente feliz en sus brazos. Por eso, la idea de perderla no cabía en mí. Imaginar su torso desnudo en otras sábanas, su respiración en otra boca, le dio alas a mi locura. La aceché entonces a luz y sombra. Calculé con frialdad cada paso. Fingí no cerciorarme de su lejanía. Ignoré los indicios del adiós que ella maduraba en su alma. Y una noche como ésta - como todas las noches de la ciudad, en realidad: indefinida, de pálidas estrellas- alcé la caricia de mis manos hacia su garganta y la besé hasta extinguir su aliento.

Tres horas más tarde, el aire frío abría grietas en mis pómulos mientras hundía la pala en el suelo húmedo. Allí, entre la corpulenta complicidad de la arboleda, deposité su adorado cuerpo y mis lágrimas. Derramé encima la blancura de la cal, cubrí todo con tierra - esta tierra a la que desde entonces tanto amo -, y borré mis huellas bajo la mirada de la luna.

De regreso en mi cuarto ya las paredes volvían a oprimirme el pecho. Un llanto grueso sacudía mi cuerpo. Permanecí en el borde de la cama, encogido, con el rostro entre mis manos. Los infinitos sonidos de la noche se hicieron uno. Y entonces esperé, resignado, la presencia policial.

Temblé de frío y de miedo, y el remordimiento, la duda y la desesperación llovieron sobre mí. Pero nada sucedió.

Cuando el reloj marcó las siete menos cuarto vacilé. ¿Sospecharían?... ¿Me preguntarían por su ausencia? ¿Habría de delatarme el rostro demacrado?

El cansancio me empujó a salir sin encontrar las respuestas. Y al llegar, el infierno se encendió en mí. Pensé en una alucinación, en el delirio de mi organismo afiebrado, y a poco estuve de desvanecerme. Allí estaba ella, como siempre, frente a mi despacho.

Me recompuse y di un rodeo para no enfrentarla. ¿Acaso me daba el cielo la oportunidad de deshacer mi horrendo crimen? ¿La justicia divina me jugaba una broma macabra? El sudor bajaba por mi frente, y a través del vidrio espié sus reacciones. Nada era anormal. O todo lo era. Al mirarla a los ojos mi corazón se detuvo, y ella sonrió como siempre. Pero presentí con claridad que compartía mi secreto.

Me retiré temprano ese atardecer. La palidez de mi semblante me evitó dar explicaciones. ¿Qué siniestra cosa podría estar planeando Andrea?

Intenté dormir en vano, y la noche me sorprendió escarbando con mis manos la tierra removida del sauzal. Una llovizna tenue me envolvía. Hurgué alocadamente, sin saber si sería peor hallar su cadáver o comprobar mi locura. Se entrecortó mi respiración cuando mis dedos se empastaron con la cal que empezaba a humedecerse. Después, su blusa, su piel, su cabello de miel volvieron a mezclarse con mi llanto. Permanecí semienterrado entre sus brazos, cubriéndola de besos. Y una obsesión se apoderó de mí. Impostora o no, debía volver a matarla, definitivamente.

Lapidado entre las paredes de mi cuarto aguardé su llegada. No pareció sorprenderla mi estado deplorable, y ello me dio la certeza de que jugaba conmigo. Nos amamos ardientemente, sin embargo, casi sin palabras. Y agradecí la ofrenda de volver a perderme en sus pezones turgentes. Mis pensamientos hervían, sin encontrar explicación. Era Andrea a quien amaba, y era también ella aquella cuya carne se corrompía entre las raíces de los sauces.

Cuando sus párpados le escondieron la mirada apreté con fiereza su cuello, y mis sienes volvieron a reventar: sus labios sonrieron al expirar.

Pero lo que nos parece el infierno puede no ser más que el comienzo de una pesadilla interminable. Porque al día siguiente Andrea estaba nuevamente en la oficina y en mi cuarto. El marrón de sus ojos me miraba, espantosamente, como si nada hubiese sucedido.

Desde entonces no he podido abandonar este monstruoso laberinto de caminos claros y ciertos que han acentuado mi encierro. Teñí de sangre los cañaverales con mis múltiples muertes y, cual horrenda medusa, ella volvió a germinar en mis espacios.

Incontables veces la he asesinado, sólo para reencontrarla a cada paso. En la oficina y en el lecho, en locutorios y farmacias, entre los malvones del jardín, en la vigilia y el sueño, bajo la lluvia o a pleno sol, a la lívida luz de las estrellas, cuando cruzo la calle o al trepar un tren.

Sin embargo, esta noche habré de matar por última vez. Conozco bien su escondite. Siempre supe, en realidad, que debía arrancarla de mi corazón. Lo partiré en cuatro con un certero disparo y reencontraré la paz. Por eso esta noche no hay temor en mí. No transpiran mis manos al accionar el percutor, ni revienta el pulso en mis sienes. Esta noche, en la soledad de mi cuarto, habré de matar por última vez.

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