Carlos Müller

Poeta, narrador y dramaturgo nacido en Buenos Aires en 1954 y radicado en Salta desde 1979

Libros publicados:
* La imaginaria. Novela.
* Bailanta triste. Poesía.
* El riesgo literario. Cuentos.
* Tamchai Honat. Novela.
* La resaca. Novela.
* La decisión de Tarquino. Cuentos infantiles
* Años luz. Poesía.
* Feria Americana. Cuentos

La pasión estructuralista

La estructura del lenguaje según Indalecio Tintilay
(bibliotecario)

Nota del editor

La hipótesis que se expone a continuación no fue buscada intencionalmente por el autor, sino que fue descubierta por él a la manera de un Arquímedes sumergiendo su cuerpo en la bañera o de un Newton recibiendo en su testa el golpe de una manzana que, como hoy todos sabemos, tan sólo era atraída por la gravedad terrestre. De manera accidental, cuando indagaba en una vasta bibliografía sobre la necesidad de comunicar el conocimiento, la generosidad ilimitada de ese mismo concepto iluminó a ese servidor que, sin mezquindades, lo ha puesto a disposición del distinguido público.
Ello constituye un verdadero esfuerzo editorial independiente en tiempos en los cuales, como todos sabemos, dicho mercado está manejado por tres o cuatro emporios y, como si fuera poco, la vocación lectora viene cayendo en picada desde hace varios años (el autor dispone de los registros del Movimiento de Libros de la Biblioteca Popular de Tocopillo que avalan esta afirmación).
Por último, como editor responsable, considero que publicaciones como ésta enaltecen el sentido mismo de la escritura. Me comprometo personalmente a difundir en una obra próxima la totalidad de las investigaciones de Indalecio Tintilay para solaz y discernimiento de nuestros lectores, en cuanto las mismas sean completadas y verificadas fehacientemente.
El editor

Nota del autor

La estructura del lenguaje es la representación de la estructura del universo.
Indalecio Tintilay

Capítulo 1: Acerca de la estructura del universo

Si se considera a las estrellas como el centro de sus sistemas solares y, además, como razón y existencia misma de cada uno de esos sistemas, no cuesta demasiado trabajo reconocer que guardan una coincidencia con los verbos y su función en la oración. Los planetas, por cierto, son los sustantivos, alrededor de los cuales giran satélites y meteoritos de diferente tenor -los adjetivos y los artículos-. Más allá, trasladándose por el sistema solar de manera más anárquica, se encuentran los adverbios, perdón: los cometas. Si el universo es como una formidable biblioteca que contiene a todos los libros y a todas las frases de todas las lenguas inimaginables, se infiere que las galaxias y las constelaciones constituyen grandes masas de textos y discursos que guardan entre sí una estrecha coherencia.
La Gran Nube de Magallanes, por ejemplo, puede representar a todos los textos de viaje y a todos los escritos en portugués y la nebulosa de Orión a la dramaturgia en su conjunto.
Respecto de la Cruz del Sur, estoy en condiciones de afirmar que se trata de una novela de cuatro capítulos, ya que cada uno de sus componentes es una estrella inmersa en la complejidad de sus propios sistemas solares. El público bien podría preguntarse por qué afirmo que es una novela y no un ensayo, por ejemplo. O un cuento. Bien. Me permito señalar que “cruz” es un sustantivo de género femenino y ello determina, por cierto, el género literario; si no le parece una razón, piense el lector porqué "cruz" es femenino y verá que estamos en las mismas.
Es por eso que también me encuentro en condiciones de afirmar que son novelas la Osa mayor y la Osa menor (novela corta), las tres Marías (novela rosa de corte victoriano a la manera de Mujercitas) y que La Vía Láctea es la sección de la galaxia que contiene a toda la novelística. En ese marco, la representación de nuestro sistema solar es apenas una frase y La Tierra tan sólo dos palabras que ni siquiera admiten la posibilidad de una cualidad. Los comentarios, en este sentido, abundan.

Capítulo 2: Acerca de la genealogía del lenguaje

En cuanto al génesis mismo del lenguaje, es obvio que primero fue el silencio, como que antes de hablar cualquiera está callado; y de ese silencio absoluto que suele ser antes de que ocurran las grandes cosas -como las tormentas o los temblores- surgió el grito monosilábico y/o el llanto, que provocó el estallido y sumergió a todo -que era nada- en el caos absoluto. En ese instante surgió la primera palabra: un verbo.
Para quienes aún tienen dudas respecto de esta teoría que va tomando forma, sugiero leer los Evangelios, más exactamente a San Juan, quien también ha alcanzado esa revelación y así lo manifiesta en su obra que de ese mismo concepto parte.
Y ese verbo era "EL Verbo" como afirma San Juan, o sea el verbo Ser, no puede haber sido otro. Como el verbo es acto puro, enseguida comenzó a demandar nombres, cualidades y preposiciones y han sido estas últimas las que dieron lugar a las relaciones entre los diferentes elementos que conforman un enunciado. Esas circunstancias, a medida que fueron surgiendo, tejieron una red como la tela de un arácnido, una red que se genera a sí misma siguiendo la dinámica del universo. Así, las palabras dieron lugar a nuevas palabras derivadas de ellas y, al combinarse entre sí, generaron vocablos cuyo sonido parece alejarse cada vez más de su etimología, pero que si uno se detiene en ellos verá que responden a esas alquimias del lenguaje.
Luego, con la aparición de la escritura, el hombre toma conciencia de su lenguaje y, a través de él, toma conciencia de su historia y del porvenir. Por último, toma conciencia del cosmos y, por ende, de su insignificancia frente a él. Desde entonces, la frase "no somos nada" se ha instalado en la sabiduría popular con la fuerza de un axioma existencial.

Capítulo 3: Acerca del sentido del universo

Que el lenguaje se ha complicado, es una verdad ineludible; en su desarrollo enloquecido cada vez se aleja más de aquel primer verbo. Y no es casual que el hombre ignore cada vez más la causa misma de su existencia.
Los conceptos se distancian más entre sí, de la misma manera que lo hacen los astros en su conjunto después de haber sido lanzados hacia la dispersión. Entonces, los conceptos quedan aislados y el discurso se vuelve incomprensible, dando lugar a agujeros cada vez más grandes entre nudo y nudo de la trama discursiva -los agujeros negros-.
Francamente, esta visión puede parecer pesimista; yo no lo soy, es por ello que no voy a permanecer estático, a la espera del colapso lingüístico. Muy por el contrario: debo afirmar que soy optimista, la reflexión positiva conlleva a la acción y es la acción la que puede volver a poner la biblioteca en orden. Veamos.
Si la escritura le ha permitido al hombre tomar conciencia de sí y del cosmos, hay que retroceder hasta el momento en que la escritura y, por ende, su hermana siamesa la lectura, comenzaron a ser abandonadas. Pero no es todo, hay algo más importante aún. Si aceptamos por evidentes a todos los enunciados que hemos desarrollado suficientemente en los capítulos anteriores, debemos aceptar también que tenemos a nuestro alcance una llave -una verdadera ganzúa- que sin duda nos va a permitir abrir las puertas de lo desconocido e inalcanzable. En efecto, si nos adentramos en la estructura de nuestro lenguaje, si llegamos a descubrir cómo funcionan las relaciones entre sus componentes, vamos a comprender también la estructura y el funcionamiento del universo.
Y si llegamos a entender las ideas y a captar la emoción y el sentimiento que encierra cada texto, tal vez podamos, incluso, hallar el sentido mismo de su existencia.
Tocopillo, junio de 1979

La pasión estructuralista

Según he podido leer en la contratapa de la obra denominada "La estructura del lenguaje", Indalecio Tintilay -su autor- nació en el pueblo de Tocopillo en 1902 y se desempeñó como bibliotecario desde 1927, año en que allí se fundó la Biblioteca Popular.
Desde su origen, la biblioteca despertó grandes expectativas a pesar de la escasa dotación inicial de libros. Todos pensaron entonces que ese comienzo auspicioso seguramente se iría enriqueciendo con la adquisición de nuevos ejemplares y con las infaltables donaciones particulares.
-Los libros son la llave del progreso.- habían señalado las autoridades en el acto de inauguración -Ellos traerán las ideas que lanzarán a las nuevas generaciones hacia el futuro.
El comienzo fue promisorio, decía; el desfile de consultas era incesante y múltiples las actividades del flamante Club de Lectores. Durante varias décadas todo fue sucediendo de igual manera; sin embargo, con el paso de los años la incorporación de nuevos volúmenes se hizo cada vez más esporádica, los funcionarios de turno ya no destinaron fondos para la compra de libros y las donaciones se limitaron a viejos textos escolares en desuso y a ediciones de autores ignotos cuya lectura resultaba verdaderamente insoportable. A Tintilay comenzó a sobrarle el tiempo en la biblioteca.
Si los lectores habían comenzado a escasear, con la llegada a la zona de la televisión terminaron literalmente por desaparecer. Los únicos que se daban una vuelta cada tanto eran los estudiantes del nivel medio, quienes se limitaban a consultar los libros de texto para responder las preguntas de los profesores y siempre protestaban por la antigüedad de las ediciones.
-Los libros contienen ideas y las ideas no envejecen jamás- afirmaba Tintilay, aunque sabía que el mundo había cambiado bastante desde la fecha de edición del último texto que había ingresado en la biblioteca.
A pesar del esfuerzo titánico de Indalecio, el olor mohoso y los volúmenes despanzurrados arrinconaban a ese refugio del saber cada vez más contra el pasado. El progreso, por cierto, parecía haber tomado otros rumbos.
Tintilay consideró seriamente la situación. Era obvio que no había sido suficiente la acumulación del conocimiento para cambiar los destinos de la humanidad, ni siquiera para ayudar al despegue de su minúsculo pueblo. Según él, en los parroquianos había faltado motivación o, decididamente, voluntad para la lectura. Sintió que, como custodio de todos esos saberes, tenía una responsabilidad intelectual ineludible frente a su pueblo; entonces se propuso encontrar los argumentos capaces de iluminar a los más apagados. Tenía que convencerlos: "Los libros les permitirían escapar de la ignorancia".
Sus arduas investigaciones lo llevaron por el terreno de la especulación filosófica. Y dicha especulación fue tan audaz que llegó a formular una hipótesis despojada de todo prejuicio.
- La estructura del lenguaje es una representación de la estructura del universo - expresó con la convicción de los iluminados.
A decir verdad, poco tenía que ver con el propósito original de su tarea; sin embargo, su esfuerzo intelectual siguió desplegándose hasta quedar plasmado en el original ensayo que ya he mencionado y, del cual, me permito sugerir una lectura minuciosa.
El final no tiene desperdicios. El autor logra su cometido y para ello no recurre a argumentos fáciles cimentados en la sensiblería o como moralina; lo hace en un verdadero alarde de pensamiento lógico no formal, recurriendo a originales técnicas de asociación elíptica. Su teoría estaba lista para ser expuesta al público de una manera sencilla y clara.
Con la ayuda económica de algunos miembros del antiguo Club de Lectores, de la Municipalidad y con recursos de su peculio, Indalecio Tintilay hizo imprimir una cantidad considerable de ejemplares bajo el modesto formato de una cartilla. Tal como correspondía, la presentación se llevó a cabo en la Biblioteca Popular; las sillas, cedidas especialmente en carácter de préstamo por el Club Social, no fueron suficientes y una buena cantidad de público tuvo que observar el acto desde afuera, a través de la puerta y las ventanas. Luego de las generosas palabras del intendente municipal, de la lectura de algunos fragmentos y de los agradecimientos a cargo del autor, se sirvió un refresco y se expuso la obra en un atril para permitir su adquisición por parte del público.
Al día siguiente, el éxito obtenido obligó al comentario; todos celebraron con júbilo la incorporación del promisorio intelectual en los anales del pueblo.
Indalecio Tintilay, sin embargo, se encontraba sumamente contrariado. Tan sólo había vendido un par de ejemplares a los parientes, ni siquiera le habían sustraído algún libro aprovechándose del tumulto.
-¿Cómo voy a convencerlos de la importancia de la lectura a través de un texto si nadie lee?
Había llegado a desarrollar una tesis impecable, sin embargo había errado en la forma de trasmitirla a los demás. Se había equivocado de punta a punta. Desilusionado por tan duro golpe, esa misma mañana de 1979 Tintilay solicitó la postergada jubilación. Sus estructuras se habían derrumbado como un castillo de naipes.
Durante un par de semanas, el cierre definitivo de la Biblioteca Popular después de más de 50 años provocó indignación en las fuerzas vivas de Tocopillo; oficialistas y opositores se lanzaron acusaciones responsabilizándose por el hecho.
-Han cambiado a los clásicos por esas ideas retorcidas- afirmaron los más reaccionarios.
-Las dictaduras buscan sumir a los pueblos en la ignorancia para dominarlos- respondieron los progresistas.
Sin embargo, el debate resultó un esfuerzo inútil; hacía ya un tiempo que las polillas y los roedores habían comenzado su tarea silenciosa. Burlando la custodia solitaria del bibliotecario, devoraban sin pausa letras, palabras, fragmentos enteros de universo.

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