Angélica Gorodischer

Novelista y ensayista, considerada una de las voces femeninas más importantes dentro de la ciencia ficción en Hispanoamérica, ha vivido desde su infancia en Rosario, provincia de Santa Fe

Libros editados:
Novelas:
* Opus dos. Barcelona: Minotauro, 1966.
* Kalpa Imperial. Barcelona: Minotauro, 1984. Neuere Ausgabe: Buenos Aires: Emece Editores, 2001.
* Floreros de alabastro, alfombras de bokhara. Buenos Aires: Emecé, 1985.
* Jugo de Mango. Buenos Aires: Emecé, 1988. Neuere Ausgabe: Buenos Aires: Emecé Editores, 1995.
* Fabula de la virgen y el bombero. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1993.
* Prodigios. Barcelona: Lumen, 1994.
* La noche del inocente. Buenos Aires: Emecé, 1996.
* Doquier. Buenos Aires: Emecé, 2002.
* Tumba de jaguares. Buenos Aires: Emecé, 2005.
* Tres colores. Buenos Aires: Emecé, 2008.
Cuentos y relatos:
* Cuentos con soldados. Santa Fe: Club del Orden, 1965.
* Las Pelucas. Buenos Aires: Sudamericana, 1969.
* Bajo las jubeas en flor. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1973.
* Casta luna electrónica. Buenos Aires: Andrómeda, 1977.
* Trafalgar. Buenos Aires: El Cid, 1979.
* Mala noche y parir hembra. Buenos Aires: La Campana, 1983.
* Las Repúblicas. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1991.
* Técnicas de supervivencia. Rosario: Ed. Municipal de Rosario, 1994.
* Como triunfar en la vida. Buenos Aires: Emecé, 1998
* Menta. Buenos Aires: Emecé, 2000.
* Querido amigo. 2006.
Ensayo:
* A la tarde, cuando llueve. 2007.

Cavatina

–Usted qué sabe –dijo Lipman.

Estaba sentado a la mesa grande en la sastrería y revolvía el té con la cucharita de plata. Detrás de la cortina de pana marrón, más allá del pasillo, Heidrun preparaba la comida. Lipman se había casado con una cristiana y no la dejaba salir; primero, porque era su mujer, y segundo por eso, porque era cristiana, no digamos a la calle, no la dejaba ni asomarse al negocio. Rubia, para colmo. Cómo se puede ser rubia. La madre de Lipman era muy blanca y tenía el pelo muy negro y las hermanas también; iguales a la madre, las hermanas.
–Usted qué sabe. Yo estaba en Europa en ese momento, en Alemania. Vivíamos en Zehlendorf. ¿Usted sabe en dónde queda Zehlendorf?
–Claro que sé.
–Qué va a saber usted.
De Zehlendorf a Dahlen no hay más que unas cuadras y en el Museo de Dahlen se puede ver una “Venus con abejas” que pintó don Lucas Cranach, rubia. Allí fue donde una mañana tuvieron lugar ciertos acontecimientos notables. Porque hay que ver que una cosa es subir en la Biblioteca Nacional la misma escalera que sube el viejo Homero preguntándose por qué es que ahora todo es tan distinto y adónde está la Potsdamerplatz y qué será de la humanidad si pierde a su contador de cuentos, y otra es entrar en la sala IX de pisos crujientes y encontrarse con la Venus de don Lucas que mira desde allá constelada de abejas, enjoyada de sonrisas y ese pelo tan rubio.
Heidrun, la mujer de Lipman, no sabía nada de la vida. Se había enamorado, o eso creía, de ese personaje romántico, silencioso, de grandes ojos negros y manos largas y finas.
–Como arañas blancas –dijo la Venus de las abejas.
–Vos callate –dijo Heidrun.
–¿Eh? ¿Qué pasa allí? ¿Con quién está hablando?
–Con nadie –contestó ella–, hablo sola.
–Ah.
Llegaba, alto, flaco, vestido de negro, a probarle al padre los sacos smoking, las camisas blancas, los pantalones ajustados, los abrigos larguísimos con cuello de terciopelo o de raso. Ella se asomaba y él la miraba. El le decía señorita haciendo sonar la ere contra el paladar.
–Vamos, vamos –decía el padre–, váyase a hacer lo que tiene que hacer y no moleste acá.
La madre le aconsejó que se casara. Un sastre por lo menos se queda en su casa por las noches. El padre dijo que bueno y pensó que ya no iba a pagar la hechura de los sacos smoking etcétera, pero se murió de un ataque a la cabeza un mes antes del casamiento y Lipman usó el día en el que se casó con Heidrun un conjunto de los que él mismo le había hecho a su casi suegro. El finado era más corpulento que Lipman, más cuadrado de hombros, cómo decirlo, más macizo, pero como se casaron sólo por civil eso no tuvo mucha importancia.
En el Museo de Dahlen una mañana un guardián se acercó amenazador a una nena que se había apoyado en el marco de un cuadro. La nena se asustó y corrió llorando a abrazarse a su mamá. La mamá y la nena y el papá de la nena se habían escapado hacía dos semanas de Berlín Este. Los soldados habían tirado y el agua se había teñido de sangre porque llegaban a Berlín Oeste cruzando a nado el río Spree, la nena atada al papá con los cordones de la cortina del comedor. La mamá los había remolcado a la orilla y el papá estaba todavía en terapia intensiva en un hospital del oeste. El guardián de la sala IX dijo que cómo era posible que sucedieran esas cosas en un museo y que él no iba a permitir que una mocosa comunista pusiera en peligro los cuadros. En la sala había una turista que no sabía alemán. La mamá de la nena creyó que la turista no era una turista sino una berlinesa del oeste que se había quejado de su hijita al guardián y le dijo que si no le daba vergüenza abusarse así de una criaturita. La turista no entendía por qué esa mujer entre que le gritaba y le lloraba, la nena sollozaba, el guardián protestaba y la mamá de la nena decía que todos las odiaban. La Venus de don Lucas Cranach se sonrió y se movió en el cuadro para desentumecerse: le quedaba muy incómoda esa rama con hojas que le tapaba una de las partes más apetitosas de su cuerpo color rosa y oro. El gordito le echó una mirada de desaprobación (no sé si dije que en el cuadro hay también un Amor, un gordito pálido no muy contento con las abejas ni con la sala IX ni con el mundo en general). Las abejas zumbaron. Heidrun se agitó en el sueño y para no despertarse empezó a soñar que comía sentada a una mesa puesta en la calle mantel de hilo blanco con fils-tiré, vajilla azul con paisajes de caza, copas de cristal cortado, velas de cera amarilla, jarras de plata, en la esquina de Córdoba y Avenida Francia. En el momento en el que le ponía miel a una galleta de sésamo redonda y chata, la turista preguntaba en castellano qué pasaba ahí por favor; la nena y la mamá lloraban, el guardián decía se me van todas de acá inmediatamente, las abejas zumbaban cada vez más fuerte, el Amor decía:
–No te muevas.
Y la Venus llamaba:
–Despertate, qué hacés ahí soñando pavadas.
Con todo lo cual la sala IX era un verdadero escándalo.
A Lipman le encantaba convidar a sus clientes con té. Llegaba el ingeniero Pedemonte por ejemplo, y Lipman decía:
–Un momentito, ingeniero, que no todo ha de ser negocios en esta vida, un momentito.
Se iba para adentro, a la cocina:
–Mujer, prepárenos té.
Cuando el té estaba listo Heidrun tocaba una campanita y Lipman volvía a la cocina a buscarlo. Llevaba la bandeja de bronce martillado a la sastrería, convidaba al ingeniero, revolvía su té con la cucharita de plata y contaba atrocidades de la guerra.
–Mentira –decía Heidrun desde adentro–, está mintiendo. Cuando la guerra él tenía tres meses.
A veces lo decía en voz muy baja y no la oía nadie. A veces lo decía un poco más fuerte y Lipman se hacía el que no la oía. A veces lo gritaba y Lipman recontragritaba:
–¡Basta, mujer! ¡Silencio!
Ella se callaba y pensaba en su finado padre. Quería ser como él, ponerse pantalones de perneras ajustadas y pinzas en la cintura, medias de seda negra, zapatos de charol, camisas blancas, sacos smoking, corbata negra, larguísimos abrigos con cuello de piel y miel de las abejas de Dahlen. Quería que se dieran vuelta en la calle a mirarla pasar. ¿Llevaría un bastón? No. Pero se peinaría con un rodete o una cascada rubia sobre el cuello del abrigo y una rama verde para recatarse de las miradas de la multitud perdido en la cual el viejo Homero busca tema para sus versos.
Todo se aclaró. El Prof. Dr. Jürgen-Louis Köpke que estaba en la sala de al lado y por supuesto hablaba castellano además de su alemán materno y otras lenguas menos importantes, fue a ver qué pasaba. Su primer impulso había sido quedarse en la reconfortante sí que interesante compañía del señor Van Ruysdael, pero después había reflexionado. Era un buen ciudadano, pagaba puntualmente sus impuestos, enseñaba en la Universidad Libre de Berlín, dedicaba las mañanas de los jueves en las que no tenía clase, a visitar museos, iba tres veces por mes a un concierto, tenía una úlcera de duodeno que lo hacía sufrir con moderación, invitaba a cenar una vez cada quince días a su colega la Dra. Ruth Frelesleben, y había publicado veinte trabajos en revistas especializadas y un libro sobre los dialectos turcos y su influencia en el habla popular del siglo XIX en la Europa Central. En otras palabras, ¿por qué no paraban esa gritería en la sala de al lado? Abandonó a Van Ruysdael y se asomó.
A la Venus de don Lucas Cranach nunca le habían gustado los profesores y el flaco ese de los anteojos y el pelito cortito apestaba a cátedra universitaria. Heidrun se despertó.
–Las cosas que te estás perdiendo –dijo la Venus.
Lipman estaba en el baño: se oía correr el agua en el lavatorio y el blublú de las gárgaras. Fue entonces cuando Heidrun abrió los ojos y se dio cuenta de que en el mundo había muchísimas más cosas de las que le habían contado y de que ella podía verlas a todas. Ya no quiso ser como su finado padre: lo que quería era seguir mirando, no dejar nunca de mirar. En el baño Lipman se estremeció, sacudió la cabeza, abrió la boca para preguntarle a su mujer qué hora era, y en vez de eso cantó para ella el Aria del Amor Enamorado, segundo acto de la “Afrodita en Vétride” de Johannes Gahlbeck:
–Nur ein einziges Mal
habe ich im Leben geliebt.
Nur ein einziges Mal
Und nicht mehr.

Y cuando terminó, sonó la “Cavatina” de Francelli tocada por las manos regordetas del Amor mismísimo en la pianola blanca con guirnaldas doradas que en 1920 se hizo construir el señor Siemens para paz y solaz y esparcimiento de sólo sus oídos en el sótano. Qué suerte que ella era ella. Porque francamente, a quién se le ocurre querer ser maître d’hôtel y aguantar a gordas ridículas, a tipos prepotentes, a jovencitos llenos de tics, a quién se le ocurre. Esta vez la madre no le aconsejó nada porque entre el seguro y la pensión se había encontrado con que tenía lo que se llama un buen pasar y se había ido a vivir a Buenos Aires frente al pasaje Bollini ya que le habían tirado abajo el Server. No importó: ni falta que le hacía. Se hamacó Heidrun en la secreta, brillante, blanda pero indestructible red que sostiene el mundo. Se hamacó como un bebé.
–Al fin –dijo la Venus de las abejas–. Mirá que me diste trabajo, ¿eh?
Lipman había abierto las canillas de la bañadera. Se lo imaginó sonriente, los ojos cerrados acostándose en el agua caliente, agarrado de los bordes, suspirando. Tenía para tres cuartos de hora por lo menos. Se levantó y se sacó el camisón. Bailó desnuda por el dormitorio, se fue bailando por el pasillo, levantó la cortina de pana marrón, bailando entró en la sastrería, se abrió de piernas sobre el macetón de la aspidistra y dejó correr el chorro dorado y caliente que hizo un agujerito en la tierra enriquecida con humus y resaca que Lipman compraba en el jardín “Corona Hnos. y Cía.”. Después volvió al dormitorio y se vistió.
La mamá de la nena pidió disculpas sonriendo entre lágrimas y el Prof. Köpke pensó que era una muchacha bonita, muy bonita a pesar de esa ropa horrible. También pensó que la Dra. Frelesleben hablaba demasiado últimamente y en voz cada día más alta, y que a él los lingüistas franceses que parecían entusiasmarla tanto a ella, no terminaban de convencerlo. La Venus de don Lucas Cranach se metió este dedo en la boca y mojadito así como estaba, lo pasó con suavidad por sobre las tripas lastimadas del Prof. Köpke. No lo hizo por él, que no le gustaba nada, lo hizo por la nena y por la mamá de la nena que sí le gustaban y en cuanto esa mujer se sacara esas ropas espantosas iba a causar sensación.
–Se van a dar vuelta en la calle a mirarla –dijo Heidrun.
–Claro que sí –dijo la Venus.
–Entschuldigen Sie –dijo el Prof. Dr. Jürgen-Louis Köpke que se sentía maravillosamente bien, como si lo hubieran bañado en miel, en polen, en cera perfumada.
La mamá de la nena se ruborizó. El guardián de la sala IX pensó que no le faltaban más que siete años para jubilarse. La turista que no sabía alemán pasó de la sala IX a la sala VIII. Tendría que haber pasado a la sala X pero había entrado por donde no debía. Hacía dos días que estaba en Berlín y lo único que había aprendido era que U era el subte, S era el tren y Ausgang la salida.
–Se puede saber qué es eso –dijo Lipman.
–Sopa –dijo Heidrun levantando el cucharón lleno de caldo.
–No, eso otro, en la puerta.
–Aaah –dijo Heidrun.
–Le he preguntado qué es.
–Aaah, ¿por qué? ¿No te gusta?
–No se aparte de la cuestión. Un marido tiene derecho a saber. ¿O no? Claro que sí. Un hombre mantiene a su mujer, trabaja para ella, le da todos los gustos, tiene derecho a saber.
–Pero claro que sí, Ari –dijo Heidrun dejando el cucharón en la olla y levantando los brazos como para desperezarse–, claro que sí.
Sonó la chicharra en la puerta de la sastrería. El chirrido berrido como hormigas de plata como un río chiquito mínimo de liliput lili lili liliput pu put bajó por la pared put put rin tttrrriiinnn lili lili, bajó corrió ttrriinn por el piso tttrrriiinnn, tropezó con el zapato de Lipman, le subió por el tobillo, trepó por la pierna por las dos piernas subió se le aflojaron las rodillas subió por los muslos algo se agitó bajo el pantalón, trepó por la cintura, la espalda, la cabeza se le llenó de zumbidos y de voces y del reptar de ramas con hojas y con los ojos brillantes de lágrimas pensó en diosas rubias a las que llevaba a comer a un jardín de Zehlendorf y la boca se le inundó de gusto a miel.
–Un cliente –dijo Heidrun haciendo saltar la primera e en el trampolín de la lengua contra los dientes–. Un clie e e ente.
Lipman se desmigajaba, se deshacía, se fundía en el aire azul de la calle España, se hacía miel caldo agua orina y brotaba como un manantial música de la “Cavatina” todavía en el aire.
–Un cliente, Ari, un cliente –repitió Heidrun–, viene alguien, son varios, son ricos, vienen a encargarte los trajes para un casamiento, el novio, los padrinos, los testigos, todos.
La Venus se impacientaba. Levantó un pie desnudo rosa y oro y con el pie desnudo rosa y oro empujó a Lipman hacia la sastrería. El gordito se atragantó pero las abejas, ah las abejas, a ellas qué les importa, ellas siguen fabricando su miel, zumbando en el panal, metiendo las cabecitas en las celdillas lujosas de dulce y de sol. El guardián de la sala IX se frotó los ojos y se dijo que estaba cansado, que iba a tener que ir de nuevo al baño, que su cuñado debía tener razón: eso era la próstata; que había sido un mal día y el de ayer también y antes de ayer también y que la paciencia de un hombre tiene su límite.
Heidrun se inclinó sobre la olla y miró los ojitos amarillos del caldo. Esa noche Lipman miró los ojos suculentos de su mujer y se durmió pensando en toda la plata que iba a ganar haciéndole los trajes a esa gente para el casamiento.
–Mañana empiezo –le dijo Heidrun.
–Lo que usted quiera, sol de mi vida –dijo Lipman medio segundo antes de quedarse dormido.
Heidrun le sacó la lengua a la Venus de don Lucas y la Venus comentó:
–Aprende rápido.
A eso el gordito antipático quiso hacer una observación pero entonces ella levantó la rama uy qué vergüenza, y la bajó y la levantó y la bajó y la levantó y la bajó y lo castigó hasta obligarlo a salir corriendo saltando de un cuadro a otro de una sala a otra. Heidrun se reía. La Venus también.
A la mañana siguiente el guardián de la sala IX no podía dejar de pensar en Modigliani, vaya usted a saber por qué. Un momento, ¿no había en ese cuadro un? Qué cansado estoy. Un. Otra vez tengo ganas de ir al baño.
–Se está muriendo –dijo Heidrun.
–No te vas a preocupar por toda la gente que se muere –dijo la Venus.
Heidrun se calzó los pantalones ajustados en las perneras y con pinzas en la cintura, se puso los zapatos de charol sobre las medias de seda negra, hizo frente al espejo del tocador el nudo de la corbata, se puso el saco smoking. La ropa de su finado padre le quedaba grande pero ya le pediría a Ari que se la arreglara.
Adelanto aquí para el distinguido público que el que se estaba muriendo era el papá de la nena asustada y que efectivamente se murió. El Prof. Dr. Jürgen-Louis Köpke consoló a la viuda visitándola todos los días y llevándole pequeños regalos, pasando la mano sobre la cabeza de la nena a la que pensaba poner pupila en un colegio no muy caro porque él no iba a andar criando hijas ajenas. Adelanto asimismo que la mamá de la nena se casó no con él sino con un pintor barbado no figurativo mexicano y con talento y que se fueron con la nena y con otra nena que tuvieron a vivir a New York. El Dr. Prof. Köpke no volvió a invitar a la Dra. Frelesleben a cenar pero siguió dando clases y visitando museos y la úlcera se agrandó se agrandó; de noche, en lo oscuro, en el silencio podía oírla, era como la clara de huevo, bailoteaba, se extendía temblequeante para arriba, para abajo, para los costados, y eso lo hacía sudar de miedo.
En cambio Heidrun resplandecía sentada al viejo escritorio que había sido de Benito, el hermano mayor de Ari, que era contador. En la sastrería, Lipman servía el té de un termo anaranjado y blanco, revolvía con la cucharita de plata y decía:
–Si usted hubiera estado ahí, doctor, se hubiera espantado. Dantesco. Apocalíptico, créame.
Cualquiera que pasara frente a la sastrería vería la placa brillante en la puerta contigua:
Mme. Heidrun Lipman
Cobraba mucho pero valía la pena. Usted entraba por la puerta siempre abierta, recorría el pasillo sintiendo que estaba haciendo una tontería pero que bueno, por qué no probar. Al llegar a la puerta con vidrio inglés miraba el reloj para asegurarse de que era puntual como le habían recomendado que fuera. Faltaban dos segundos. Ya. Usted entraba y se quedaba sin aliento. La sastrería, al frente, sobre la calle España era roda marrón marrón, cortina, mesa, mostrador, armario, probadores, madera, alfombra, todo. La oficina de Heidrun al fondo, sobre el patio, era toda blanca, paredes, techo, luz, cortina almidonada en la ventana, escritorio, silla, piso de mosaicos sin alfombra, todo. Y ella vestida de negro, smoking, cascada rubia o rodete, camisa blanca, serena, señera, señora, madonna, no se ponía de pie.
–Buenas o buenos, tardes o días, depende.
Y usted se sentaba.
Mme Heidrun empezaba a hablar.
La Venus de las abejas opinaba, ha opinado siempre, que es mucho mejor estar desnuda que vestida.
–No sé para qué tanto trapo –dice.
El Amor volvió al cuadro y ella lo dejó volver: él también está desnudo pero no es más que un gordito desagradable que quedaría mejor vestido, cuestión de que no se le notaran la panza ni el cuello corto. Tengo la sospecha de que las abejas se burlan de él. Al guardián de la sala IX lo operaron de la próstata y ya ni siquiera piensa en la jubilación.
–Esa mujer es una maravilla –le habían dicho a usted–, sabe todo, ve todo. Es cara, pero tenés que ir a verla.
Esa mujer sentada frente a usted escritorio de por medio lo mira con ojos de oro o es el reflejo del casco, la cascada sobre el cuello, y le dice la vida, se vuelve usted, se enrosca, alienta, va y viene, flota, remonta, vuela, mastica, invade, no lo deja respirar. Lipman siempre creyó que no hay que esforzarse demasiado cuando es evidente que no hay necesidad. También que es inútil tratar de vivir hoy lo que va a haber que vivir mañana. Y que si bien para el que no tiene nada poco es mucho, para el que tiene mucho más es peligroso. En consecuencia acepta cada vez menos pedidos y revuelve el té con la cucharita de plata mientras Heidrun le indica a usted que se siente frente a ella y ella le cuenta a usted lo que a usted le ha pasado, lo que le pasa, lo que le va a pasar mañana, pasado mañana, dentro de un mes y de acá a cinco años. Un traje por mes está más que bien: hay tantas casas ahora que venden buena ropa de confección, aparte de que la gente ya no se viste como antes, con tanta formalidad. También algún pantalón y hasta un arreglo para un viejo cliente: algo liviano como pretexto para tener a quien invitar a sentarse y tomar un té. Todas las noches se abraza a su mujer rubia y ella se moja las puntas de los dedos en sus bocas y los pasa por la cabeza, la cara, sobre todo la cara, frente arcos superciliares, nariz, mentón, pómulos, ojos; los hombros, los brazos, la cintura de Lipman.
Lipman se parece cada día más a Lucas Cranach joven, cosa que se ve enseguida contemplando el “Autorretrato del Pintor en su estudio”, ese cuadro que está en el Schinkel junto al “Águila Herida” de Rickenbauer (1773-1821). Ahí se lo ve muy erguido, orgulloso, vestido con un largo delantal de pintor, tocado con una boina granate que requintada, deja ver una plumita moteada entre sus pliegues, sosteniendo en la mano los pinceles, muy blanco, el pelo muy negro, las manos de dedos largos y finos, los ojos oscuros mirando para acá soñadores, seguros de las Venus que alguna vez va a pintar, de las abejas y los paisajes y los paraísos, casi petulante, capaz de conquistar a alguna belleza rubia inalcanzable, de cruzar un río a nado perseguido por el enemigo, de sufrir enfermedades atroces, de dedicarse con unción a modestos trabajos.
Es muy fácil. Si sólo usted o yo pudiéramos probar: todo lo que hay que hacer es.
Por las tardes Aarón Lipman, el más orgulloso de los hombres, erguido, vestido de oscuro, el pelo negro un poco largo sobre la nuca que junto con sus manos largas y finas le da un cierto aire romántico, sale de la casa para un paseo, una visita, una comida en un restaurante que tenga jardín y en el que el maître lo atienda con deferencia, dando el brazo a su mujer rubia vestida en verano de sedas escotes puntillas sandalias, vestida en invierno de pieles o larguísimos abrigos negros con cuello de terciopelo o de raso, sale, pálido, sereno, una sospecha de sonrisa en la cara y en el paso, ojos negros piel muy blanca como su madre y sus hermanas. Se ha olvidado de la guerra: piensa, para qué más, en el té rubio, en el sol rubio, en caldos apetitosos como la carne suave de afroditas rosadas desnudas contra un paisaje verde, en su mujer. En miel.

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